Chupetines de cannabis

Chupetines de cannabis

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Por Jorge Asis. El chico, con dos mayores de 18, trataba de colarse en el Coffe Shop. La muchacha de la caja, una holandesa tolerablemente linda, con dos piercing, uno en el mentón y otro cerca del párpado, le pidió los documentos.

El chico -dijo- no los tenía. Y aquí no se puede entrar a fumar, más allá de la puerta que conduce hacia la sala, si no se demuestra que se es mayor. Los amigos intercedieron, pero no hubo caso. Las penalizaciones no perdonan. Para la bella del piercing era imposible hacer la vista gorda. El pibe se volvió, cruzó haciala Plaza Rembrandt.Para fumarse, acaso, su porrito ligero, ligeramente oculto, por alguna calle lateral. O peatonal. O al costado de los canales que conducen hacia la decadente Plaza Dam.

Amsterdam, ciudad virtualmente abierta. Más, incluso, quela Romade Rosellini. En el aire puede sentirse el aroma picante de la marihuana. Paraíso de los frecuentadores de las distintas variables técnicas del cannabis. Conste que se dijo “frecuentador”, y no el prejuicioso “adicto”. Cuentan con casi mil locales donde fumar tranquilamente la hierba. Sin sentirse marginales. Ni transgresores. Sólo molestados por los ojos de los turistas equivocados que entran, a los Coffe Shop, como si se tratara de otro museo viviente. Con ganas de sacar fotografías. Sin clavarse, siquiera, un intrascendente chupetín de cannabis, de los que se venden a un euro.

Blandas y duras

Calle Hekelbed, número 7, zona dela Estación Central.Puede entrarse a tomar un café en Resin. Para ver, pero sin mirar. Cada uno está en la suya. En el ejercicio activo de su libertad. Con la certeza de encontrarse en un establecimiento donde “darse” es un gusto legal. Para clavarse alguna droga arbitrariamente definida como blanda. Natural. Procedentes de la planta de cannabis. La hierba que Graham Greene, en “El americano impasible”, enseñaba a fumarla, en pipas que le preparaba la amante asiática.

Trátase de una manera técnica de diferenciar, al cannabis, de las “drogas duras”. Como la cocaína, o la heroína. O los ácidos que se clavaban los vanguardistas de los sesenta, que permiten sobrevolar entre las medianías.

En el relato holandés, la tolerancia hacia las “drogas blandas”, suele presentarse como una fórmula eficaz, a los efectos de combatir la “adicción” hacia las “drogas duras”. Y transformar, gran parte de Amsterdam, en un redituable reservorio. Adonde llegan, para sentirse libres, los multitudinarios frecuentadores del cannabis. Tienen el legítimo derecho de clavarse hasta5 gramospor día. Pero basta con clavarse un gramo, a lo sumo dos, para alcanzar un placer de barata relajación. El gramo cuesta 5 euros, si es muy buena la marihuana, o casi el doble si es de hachis. Sea rubio, el hachis, la hierba liviana, que procede de Marruecos. O sea el negro, que procede dela India. Osea nomás el pasto local, holandés, bastante más fuerte, para consumo exclusivo de los experimentados.

Usanzas precolombinas

Las hierbas pueden conseguirse en el propio Coffe Shop. En general están bien equipados, con los permisos rigurosamente expuestos. O en todo caso es posible surtirse, ante la vista de todos, en los Smartshops. Sitios llamativamente turísticos donde se adquieren los instrumentos más sofisticados. Ilustrativos, para satisfacer la cultura del reviente inofensivo. Pipas de diversos tamaños, de plástico o de cristal. Narguiles árabes, como si fueran baratijas.

Las irreparables t-shirts, con imágenes de mujeres que “aspiran una línea”. O se llevan a la boca, con un erotismo obvio, los chupetines de cannabis. También hay píldoras temiblemente estimulantes para la usanza precolombina de hacer el amor. Hongos alucinógenos, menos potentes de los que proliferan en Punilla. Y la más emblemática gama de elementos que aluden a la usanza precolombina de la penetración.

Penes con formas de ojotas, o de pimenteros. Penes como pasta, para los domingos del barrio. Crema de chocolate especial para brindarle dulzura al otro hábito precolombino, oportunamente impuesto por la reina Cleopatra. La felatio.

Es un Amsterdam relativamente joven que nada tiene que ver, para colmo, con el desenfreno. Ni siquiera con el erotismo. Bastante desagradable para el profano, el “adicto” a la vida saludablemente sana. Con la unanimidad uniforme del jean, la campera y las zapatillas. Con el complemento de los ciclistas que tanto fascinaron a Mauricio Macri. Al extremo de inspirarlo para definir, a esta parte de la ciudad, como ejemplar.

P.C. Hooftstraat

A menos de dos kilómetros, hacia el sur, el otro Amsterdam. Es el espejo antagónico. Luce, como consecuencia, estrictamente pudoroso.

“Es donde está la gente rica”, nos dice, con cierto desprecio, la peruanita dulce que trabaja en un restaurante argentino, de propietario paquistaní.

En los alrededores de los Museos. El clásico de Van Gogh y -sobre todo- el Museo Rijks. Como si se le rindiera elitista pleitesía a la belleza de los Rembrandt y los Van Gogh, pero divorciados del dramatismo de sus existencias. Aquí emerge la calle comercial que contiene las marcas más distinguidas. P.C. Hooftstraat. Con las veredas asombrosamente limpias. Con las damas impecables.

El refinamiento en los zapatos, el buen gusto en las carteras. Con el distinto nivel que se percibe, en definitiva, en los rostros. En las miradas. En la suntuosidad de los hoteles, como el Bilderberg. Aquí avergüenza, acaso, el otro Amsterdam. El del unánime jean, las zapatillas, las camperas, los olores picantes y los amontonamientos de basura en los costados.

Es tan culturalmente distante que se pueden conseguir las últimas propuestas de Louis Vuitton, de Mc Gregor, de Hermes o Chanel. Pero ni un miserable chupetín de cannabis.

 Por Jorge Asis

Fuente DiarioVeloz

 

 

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