El cannabis no es un juego

El cannabis no es un juego

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Por Miguel Olarte. El Progreso.-

NO RECUERDO cuándo me fumé mi primer porro; demasiado pronto, supongo. Pero sé cuándo me fumé el último: ayer por la noche, en la sobremesa de una agradabilísima cena con unos amigos. Era un hachís estupendo, aceitoso, de esos que se entregan solo con el calor de las yemas de los dedos, que todavía conservaba el aroma de la marihuana original y que se dejaba fumar sin asperezas ni arranques de tos, como un colonizador pacífico. Como acompañante perfecto, un Glenrothes con una piedra de hielo, un malta suave y equilibrado como solo saben hacerlo los escoceses. Placeres adultos, no hay queja.

Y caros. A más de diez euros el gramo. Yo no tengo mayores problemas. Reconvertido en consumidor lúdico y esporádico, hace tiempo que dejé atrás el trajín del trapicheo, de la búsqueda nerviosa en tugurios que seguramente de otra manera no habría necesitado conocer, del mercadeo con tipos capaces de venderte un trozo de goma a cambio de cien duros y que no admitían devoluciones ni hojas de reclamación. Qué desperdicio de tiempo y de vidas.

Eran otros días. Los fumadores de cannabis aún no contábamos con el movimiento asociacionista que se ha desarrollado después, con la lógica del consumidor que exige sus derechos. De la que se habla ahora es dela Asociación  arcelonesa Cannábica de Autoconsumo, formada por miles de consumidores adultos que defiende su derecho a cultivar la marihuana que fuman para no tener que someterse a las leyes del mercado negro ni al mundo de delincuencia que rodea todo lo ilegal.

Su proposición para cultivar de forma controlada unas hectáreas en el municipio tarraconense de Rasquera ha derivado en un circo mediático solo comprensible desde la hipocresía social. El ayuntamiento en cuestión ha presentado un plan de explotación, con sus análisis legales oportunos, sus previsiones de negocio en un momento crítico y con un referéndum en el que el 56% de sus habitantes votó afirmativamente. Todo con luz y taquígrafos. Fiscalía, Mossos d’Escuadra y el consejero catalán de Interior ya han puesto sus prejuicios manos a la obra.

Es el mismo consejero, por ejemplo, que ordenó reprimir con fiereza las manifestaciones de indignados y que ahora ha dado su apoyo entusiasta a la  amenaza del Ministerio de Interior de convertir en delito de terrorismo las movilizaciones convocadas a través de las redes sociales o incluso la resistencia pasiva. Pensamiento liberal, lo llaman.

Es el mismo consejero que estuvo presente en las recientes reuniones de los miembros de su Gobierno con un tal Sheldon Adelson, magnate del juego que proyecta construir en España lo que ya se conoce como Eurovegas. Cataluña está en dura pugna por el proyecto con otra de las comunidades  abanderadas del liberalismo patrio, Madrid. Se trata de un conglomerado de casinos, hoteles  y campos de golf que, según cuentan, va a descargar el maná eterno sobre la ciudad elegida. Y total, por nada: solo exige modificar el estatuto de los trabajadores, una exención total de impuestos, que le regalen todo el suelo público que considere preciso, que se cambien las leyes de extranjería, que se modifiquen las normas que impiden a los menores y a los ludópatas entrar en los casinos, que se haga la vista gorda sobre la prostitución, que se eliminen las medidas contra el tabaco y que se construyan con fondos públicos todo tipo de infraestructuras.

Es evidente por qué un tiburón como Adelson ha elegido España para proponer su idea: en cualquier otro país medianamente serio se le hubiera deportado de inmediato ante semejante envite. Pero nosotros somos así de acogedores y de liberales.

Está científicamente demostrado que el juego, por no hablar del mundo de delincuencia que suele florecer en estos hábitats, causa mucha más adicción  es un problema social infinitamente más destructivo que cualquier otro descrito en torno al consumo de cannabis.

Que, por otro lado, tiene su principal enemigo en el lobby de las grandes compañías farmaceúticas, que comercializan a precios de oro medicamentos derivados de la marihuana útiles para un montón de enfermedades, que se quedarían en nada si los enfermos tuvieran acceso sencillo y controlado al producto original.

Me temo que ya sé cómo va a acabar todo esto, porque en estos suelos no crece la planta del sentido común. Y lo que crece, nos lo fumamos.

 

Fuente ElProgreso

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