El Mendocino que trabajó legalmente entre 10 mil plantas de marihuana

El Mendocino que trabajó legalmente entre 10 mil plantas de marihuana

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Por Mariela Encina Lanús

Argentina,- Es ex bajista de Karamelo y sale en la tapa de THC como el hombre que encaró “el sueño del pibe”. Cobró sueldo del estado suizo.

El paisaje en el que ocurre esta historia recuerda un poco al filme “La playa”, ese paraíso inventado por una comunidad de viajeros en una isla tailandesa en el que cae, casi sin querer, el guapo de Leonardo DiCaprio.

Pero linkea, sobre todo, a fotograma en particular: el de la toma que planeaba sobre un sembradío enorme de cannabis. Tres hectáreas, ponele. Las mismas entre las que un mendocino vivió, trabajó y fumó, y que este mes llenan de color esperanza la portada de la THC, La Revista de la Cultura Cannábica.

En la tapa vemos el ceño fruncido de Marcelo “Enema” Amuschástegui, que se intuye entre las finas hojas.

Y dentro, en las páginas 29 a 31, una suerte de diario íntimo de un músico que hace diez años dejó atrás la casa de La Boca en la que vivía con Karamelo Santo, para emprender un viaje con destino final inesperado: ser un cosechador golondrina de una plantación legal de marihuana en Suiza.

“El entorno del barrio me estaba enfermando de a poco y mi conducta errática se tornaba incómoda para mis compañeros”, explica quien fuera el bajo de la trouppe de Goy, al principio del relato.

Viajero sin brújula ni puertos definidos, Enema armó bolsos y partió rumbo a Bolivia impulsado por una invitación de una compañía de marionetas chilena. En medio hubo un paso por Chile, una travesía por el desierto de Atacama, una excursión ilegal por la selva del Chapare (la tierra bolivariana ardía por la “guerra del agua”, recuerda) y al final, un recital revelador de Manu Chao en La Paz.

Allí, en medio del ferviente latido Chao-Radio Bemba, una amiga, Paloma, conoció a un suizo que les contó “sobre una plantación de marihuana”. Más bien: un megacultivo a cielo abierto para uso industrial, fiscalizado por el gobierno suizo. Ese entorno verde cata fue la pista de aterrizaje del ex bajista mendocino, motivado por su hermano “Gato”, un año después de aquella mención, al parecer, azarosa.

Como el personaje de DiCaprio, Marcelo cayó primero a un paraíso verde instalado a orillas de un lago en Ginebra (la casa de Paloma y el suizo); y, luego de conocer a quien sería su amigo y jefe (Dan) en su fiesta de cumpleaños número cuarenta, estacionó en un sembradío de 10 mil plantas de marihuana ubicado a 15 km de una ciudad llamada Friburgo.

“Mis ojos no podían creer lo que veían. Unas tres hectáreas de cultivo de cannabis, perfectamente alineadas, rodeadas de granjas, bosques y casas de campo. Ése sería mi hogar por los siguientes tres meses. Allí nos recibieron los Guris, una familia de kosovares, especie de hombres máquina que realizaban cualquier tipo de tarea con mucho oficio”.

En ese contexto visual y humano, Enema y “cerca de treinta personas de distintos países convivían y cosechaban ‘en perfecta armonía'”. El cumplimiento de tareas, dice, tenía un paréntesis las primeras horas.

“El campo estaba alambrado con conexión eléctrica, pero la norma era hacer guardias de a dos, durante la noche, rotando cada dos horas. El puesto de vigilancia debía tener prendido un fuego enorme”: todo lo necesario para rendir tributo al Dios del asado. Así las cosas, fueguito de por medio, las arduas jornadas (cuyo paréntesis, en la mañana, permitía degustar “distintas clases de mañaneros y cigarrillos con hachís”) terminaban entre asados, porros, anécdotas y zapadas.

Pero, claro, había que cuidar a las plantas y sus cogollos de los “posibles ladrones”. Para eso usaban “unos reflectores que no sólo servían para advertir a los posibles ladrones que los estábamos vigilando, sino también para identificar a los patrulleros y fumar bien tranquilos sin sospechas de que estuviéramos comerciando nada”.

Cosecharás tu siembra

Aunque en Friburgo también se cultivaba melisa, valeriana y otras plantas “para hacer aceites esenciales”, la ansiedad estaba puesta en la cosecha del cannabis.

“Todos esperaban ansiosos que la maría estuviera bien a punto. Las variedades cultivadas eran amplias, pero se destacaban la bubble gum, la fresa y la alpina”, apunta en primera persona Marcelo.

Y la pacha, finalmente, regaló el tiempo de cosecha. “Empezó una de las tareas más duras que hice. Cortábamos a mano, por hilera, de a doscientas plantas (…) bajo la atenta mirada de la ley cortábamos miles de cogollos con especies de motosierras (…) Después tocaba ordenar a de cientos las plantas en el secadero (…) el cuerpo con tantas plantas y su resina producía una especie de urticaria en la piel que te cortaba el mambo”.

Pero nunca tanto. Por la mañana, cuando se abrían los secaderos “unos galpones de veinta por treinta metros” para “destilar porro”, el humito dulce resultaba otra vez amable. “En esos momentos me acordaba de todos mis amigos y de lo que darían por una pequeñísima parte de esa producción”.

Fuente LosAndes

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