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La marihuana en una planta, que nacida en Asia,  ha recorrido todo el mundo para acompañar al ser humano por la historia.

La marihuana que se fuma, come o bebe puede ser objeto de muchas preparaciones:

en la  India se hacen diferentes bebidas como el bhang, al que se añade pimienta, aromáticas y azúcar, el poust se prepara con agua, el louki con alcohol y la mourra con tintura de opio.

En Tíbet, los dugpas beben en copas labradas en cráneos humanos, la momea que es una mezcla de grasa humana fundida y de resina de la marihuana.

En Irán se prefiere la marihuana en tortas, preparadas con mantequilla y esencia de rosas.

En Medio Oriente se toma madjoun (mezcla de hachís, opio, nuez vómica –semilla que contiene estricnina– y datura –planta solanácea muy tóxica–); el dawamesk, mermelada semejante al rahat loukoum, hecha de hachís, almizcle, canela, pistacho y azúcar.

Egipto conoce el chastri, bebida hecha de hachís, azúcar, raqui (aguardiente de arroz fermentado) y aromáticas; pero en el resto de África se fuma, sobre todo la marihuana.

En Túnez, con el nombre de takrouri, y en Marruecos, como kif , mezclado con tabaco, era vendido lícitamente por una compañía tabacalera.

En Argelia, la marihuana denominada “cáñamo del Atlas” se mezcla corrientemente con tabaco soufi cultivado en el Sur. Durante la colonización francesa (1827), el cultivo del cáñamo,  se hacía clandestinamente en las regiones de Relizane y de Tiaret y en los montes de Ouled Nail. Poco antes de la guerra de Independencia, existía en Argel su capital, un café moro con la fachada pintada de azul, conocido con el nombre de “café de los fumadores”. Se podía ver allí cabileños (beduinos o bereberes) y árabes que fumaban cigarrillos o pipas de kif al propio tiempo que bebían tranquilamente café o té, sin que la policía local se diera por aludida.

En el Sahara, en las mezquitas de los senusis (musulmanes cismáticos, miembros de la cofradía fundada contra los europeos en 1846) la sibsi, pipa de arcilla en que se fuma el kif, corría de mano en mano, las noches de fiesta, hasta el éxtasis religioso. El papel de la marihuana, en este sentido, puede ser observado en varias regiones del África negra. A finales del siglo XIX, Kalanga Mukenge, jefe de una tribu baluba situada en el Congo, enardeció a las muchedumbres con sus encendidos sermones. Incluso, destruyó los ídolos nativos e instauró el culto a la marihuana. En los días festivos, en la plaza de la aldea se instalaba una pipa gigante, a la cual los habitantes, uno tras otro, daban una larga chupada de hachís hasta el desvanecimiento y la fusión espiritual en el “gran todo”. (Brau).

300xNx992-rastafarian-smoking-weed.jpg.pagespeed.ic.IzsEd7paObEn otras partes del Congo y lo mismo en Liberia, se fuma el cáñamo (djamba) en calabazas vacías. En Botswana y en el sudoeste africano, los cafres (pueblo no musulmán) observan hábitos como: meter en hoyos abiertos en la tierra una mezcla de marihuana y de estiércol que tapan con una especie de casquete semiesférico de arcilla. El calor de la fermentación produce una combustión lenta del cáñamo, cuyo humo aspiran ellos a través de conductos de ventilación.

En la República Sudafricana, el gegga, marihuana local, es de uso ancestral, la costumbre de fumarlo comienza a propagarse por la población blanca, pese a los esfuerzos del gobierno de Pretoria. En las antiguas colonias inglesas del África Occidental, donde el cáñamo era desconocido en otros tiempos, el canabismo ha sido introducido, tras la Segunda Guerra Mundial, por los soldados del ejército de Oriente.