El filósofo Constantino Láscaris propuso legalizar la marihuana

El filósofo Constantino Láscaris propuso legalizar la marihuana

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El 6 de noviembre de 1968, en la Página Quince del La Nación, Constantino Láscaris, filósofo español que impartía clases en la Universidad de Costa Rica (UCR) desde 1957, publicó un artículo titulado “La yerba”, en el que se pronunció a favor de legalizar el consumo de la marihuana. Su propuesta originó una interesante polémica que, aunque brevemente referida en algunos estudios –como los de William Carter y Ricardo Izaguirre–, prácticamente quedó en el olvido.

Según una investigación realizada por Luis Alberto Bermúdez y otros autores, la marihuana empezó a ser fumada en Costa Rica desde finales del siglo XIX. En las primeras décadas del XX, el repertorio de drogas utilizadas en el país se amplió al configurarse círculos de consumidores de opio, morfina, cocaína y heroína, tanto en las ciudades principales como en áreas distantes (el mundo bananero en el Caribe y las actividades mineras en Abangares).

De esas experiencias, la mejor conocida es el consumo de heroína entre los jóvenes trabajadores josefinos durante los años 1929-1933. Al estudiar tal proceso, el historiador Steven Palmer destacó el papel desempeñado por la prensa, que aprovechó la situación para crear un “pánico moral” al presentar a los consumidores como una extraordinaria amenaza para los valores y los intereses de la sociedad.

Legalización. El concepto de “pánico moral” fue sistematizado por Jock Young y Stanley Cohen a inicios del decenio de 1970, pero, desde fines de la década de 1960, diversos investigadores (especialmente sociólogos y criminólogos) empezaron a analizar cómo los medios de comunicación representaban la rebelión juvenil de entonces como una amenaza. No es claro si Láscaris conocía esos estudios, pero sí es evidente que tales prácticas de los órganos de prensa no le eran extrañas ya que indicó en la parte inicial de su artículo:

“[…] en los periódicos se informa habitualmente de la detención de ‘marihuanos’, de redadas en ‘fumaderos’ y del gran problema de la inspección minuciosa de los visitantes en los penales para impedir la entrada de la yerba. Por ser aprehendido fumando un cigarrillo de marihuana, hay gente que ha pasado muchos meses en la penitenciaría, es decir, llevando vida infrahumana; y, cuando a un reo se la encuentran, lo tienen un mes en la ‘plancha’ (delicado método de asfixia lenta)”.

Con el propósito de preparar el terreno para su propuesta, Láscaris minimizó la transgresión que suponía el consumo de marihuana al compararlo con leer novelas de Corín Tellado, mirar telenovelas mexicanas, tomar mate o café, ingerir licor y fumar tabaco. Más aún, afirmó que la marihuana “no crea hábito y es barata”. Añadió: “[no tenía] reparo en reconocer públicamente que una vez fumé un cigarrillo de marihuana. Mi experiencia personal fue de una ligera euforia y ver la vida en rosa”.

Finalmente, Láscaris señaló que el carácter prohibido de la marihuana era la principal propaganda a favor de su uso, por lo que lo más conveniente sería legalizarla y que el Estado cobrase un impuesto por cada cigarrillo.

Escándalo. Las respuestas a Láscaris no se hicieron esperar. El 8 de noviembre, una farmacéutica afirmó que su texto era “subversivo” y que la marihuana sí producía adicción. Al día siguiente, una alta autoridad de la UCR calificó el artículo de “perjudicial y nocivo”, y el propio periódico La Nación editorializó contra los planteamientos del filósofo español, a quien acusó de “propiciar una ética hedonista”.

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Parte del artículo de Constantino Láscaris que dio motivo a un debate sobre los usos y la legalidad de la Cannabis sativa , cáñamo o marihuana

También el 9 de noviembre, en La República, Jorge Chavarría ( Kokín) publicó una caricatura en la que presentó a Láscaris como promotor de la agricultura “color de rosa” y expendedor de la marihuana “mano de tigre”.

El 10 de noviembre, una lectora tibaseña señaló que Láscaris había escrito “un elogio elevado de la fatídica hierba”, probablemente elaborado bajo la influencia “de las últimas bocanadas de humo producidas por el ‘único’ cigarrillo de marihuana que dice haberse fumado”.

Ese mismo día, un grupo de profesores universitarios desaprobó “la forma superficial, ligera e imprudente” con la que Láscaris trató un asunto tan delicado, e instó al filósofo a que demostrara estar del lado de quienes procuraban “el exterminio de tantos vicios” existentes en el país.

Aunque algunas personas apoyaron el artículo de Láscaris, lo hicieron en el sentido de enfatizar que su texto exponía algunos graves problemas sociales, a la vez que dejaban de lado el asunto de fondo acerca de la legalización de la marihuana.

De todos esos comentarios, Láscaris solo respondió al publicado por el Patronato Nacional de la Infancia (PANI), que lo acusó de “predicar” el “uso de drogas” y (al igual que la caricatura de Kokín) sugirió que las autoridades universitarias debían intervenir en el asunto.

En su réplica, Láscaris ciertamente se refirió a su artículo como “desgraciado”, pero volvió a defender indirectamente la legalización de la marihuana, y aprovechó el artículo para ampliar un explosivo aspecto que en su nota del 6 de noviembre apenas quedó insinuado:

“[…] lo más grave y que me irrita es que la punición del uso de la marihuana es (según regularmente se informa en los periódicos y no hace falta más que leerlos para estar enterado) diferente según quien sea el fumador. Según informan los periódicos, cuando en una redada se atrapa a niños de familias bien, se llama a los padres, se les amonesta y se los despide en familia, todos a casa. Pero, si se atrapara a un pobretón, se lo mete en la penitenciaría. Y en el periódico leí una vez que a uno lo tuvieron ‘cinco meses’ en la penitenciaría”.

Para reforzar su punto, Láscaris indicó que también había un trato diferenciado según el tipo de producto ya que a los morfinómanos (adictos a una droga que representaba “muchos millones de ganancias”) no se los encerraba en “ese antro infrahumano llamado Penitenciaría”.

Aportes posteriores. De acuerdo con el estudio de Izaguirre, publicado alrededor de 1972, el consumo de marihuana, a juzgar por las cantidades decomisadas, tendía a crecer en esa época (se pasó de 2.035 a 25.436 cigarrillos incautados entre 1970 y 1971), pero su consumo permaneció bastante limitado. Dos encuestas de carácter nacional realizadas por entonces evidenciaron que la proporción de alumnos de secundaria que manifestó haber fumado la droga fue muy baja: entre 3,5 % y 4,4 %.

Un estudio posterior, aunque más limitado, fue realizado por Bermúdez y otros investigadores en el cantón de Desamparados en 1978, y abarcó 1.228 estudiantes de colegio. De ellos, únicamente 49 (4 %) afirmaron haber consumido marihuana.

Finalmente, un trabajo elaborado por Carter y otros estudiosos acerca del consumo de marihuana en Costa Rica, dado a conocer en 1980, determinó que los medios de comunicación, a partir de 1967, tendieron a magnificar el consumo de esa droga, por entonces concentrado por alumnos universitarios y de colegios particulares.

Dicho proceso se acentuó en 1968 y 1969, y tuvo un giro inesperado en 1972, cuando diversas organizaciones estudiantiles, principal aunque no exclusivamente de izquierda, denunciaron que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos se proponía destruir el movimiento estudiantil costarricense al introducir la marihuana en la UCR.

Para Carter y sus colaboradores, las dos palabras que mejor definían el enfoque que la prensa costarricense había dado al asunto de la marihuana eran “alarmista” y “sensacionalista”, (un planteamiento posteriormente corroborado por una investigación de Ana Ordóñez).

Contra esa perspectiva, que criminalizaba a los jóvenes, sobre todo a los que pertenecían a los sectores populares, fue que, de manera tan temprana, se pronunció Láscaris en 1968, cuando se preguntó “si no sería preferible que dejen en paz a la gente que procura tener un rato de vida en rosa”.

Por Iván Molina Jiménez. El autor es historiador y miembro del Centro de Investigación en Identidad y Cultura Latinoamericanas de la UCR.  Fuente

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