Coincidió un buen puente con el día 14 de julio, fiesta nacional en Francia y aprovechamos para hacer estancia en Londres, en un Hostal de esos para jóvenes, hasta el día 17 de julio, en que regresaríamos a París.
Por supuesto, entre la llegada a París el día once y la salida a Londres el día catorce, no hicimos sino el trabajo, dar una vuelta y poco más, porque ya habría ocasión durante el resto del mes de ver cosas.
La cuestión es que, llegados a Londres, no se me ocurrió mejor cosa que localizar a unos colombianos para comprarles onza y media de hachis; esto lo hice el día quince de julio, después de ir a ver el Museo Británico, ya que tendríamos tiempo al día siguiente para ver La Torre de Londres, etc, etc. El día 17 de julio regresaba a París sin ver nada más de Londres, pues estuve fumao y con un apalanque de sillón total, canuto tras canuto.
Llegué de nuevo a París y desde el día 17 de julio hasta finales de julio fue mi amiga la que se tuvo que hacer cargo de los trabajos de limpieza de las oficinas y yo... tirao en el sillón de la casa con la tele puesta, como un zombi, diciendo todo el rato: ¿Qué prisa te corre? ¿Por qué no lo dejamos para luego? Vete tú que luego voy yo... ¡Joder, que corte salir! Y las horas pasaban lentas, lentas... Y canuto va y canuto viene.
La cuestión es que se acababa el mes y la amiga me dijo que ya teníamos que regresar, por lo que apuré el costo que me quedaba y decidí dejar la visita del Museo del Louvre para el último día.
Me levanté esa mañana dispuesto a aprovechar por fin un día de París tras dos semanas sin levantarme del sillón, ya que el tren salía para Hendaya a la noche. Me dirigí al Louvre y... estaba cerrado por descanso semanal. He regresado a París y aún no conozco El Louvre.
Seguro que alguien ha vivido un apalancamiento semejante.


