La marihuana, el nuevo sueño americano

La marihuana, el nuevo sueño americano

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Por Mark Binelli

Una revolución verde atraviesa los Estados Unidos. ¿Puede el negocio de la marihuana ayudar a revertir la crisis del país más poderoso del mundo?

Si uno pasa tiempo suficiente en el Triángulo Esmeralda –una zona del norte de California que comprende los vecinos condados de Mendocino, Humboldt y Trinity–, probablemente note algunas cosas. Hay un pescador que vende cangrejos frescos directamente de su barco, con un porrito encendido que le cuelga de la boca. Hay un jingle de la radio local cuyo estribillo dice: “¡Caer preso es una mierda!” (es el aviso de un estudio jurídico que se especializa en sacar gente de la cárcel y lo pasan justo después del de un negocio que vende artículos para hacer cultivos hidropónicos). Si uno está en el Triángulo en octubre, cuando empieza la temporada de cosecha en el hemisferio norte, quizá vea gente al lado de la banquina con letreros pintados en cartón que dicen busco trabajo, o con apenas un dibujo hecho a mano de unas tijeras. Uno quizás escuche que la gente de la zona les dice a los billetes de cien “veinte Humboldts” y que se queja de lo caro que está todo, o que usan el verbo “volar” para indicar que un helicóptero de la DEA sobrevoló su propiedad (“nos volaron varias veces este verano, así que sabíamos que se nos venía una redada”). En algún momento tal vez el celular deje de funcionar, y uno verá cómo la ruta de dos carriles se cubre de oscuridad al ingresar en un bosque de secuoyas, y cómo el auto pareciera hacerse más pequeño al pasar junto a los enormes árboles de ese bosque antiquísimo, y cómo ese negocio que vende souvenirs del Abominable Hombre de las Nieves empieza a parecer el último bastión de la civilización. Si uno sigue avanzando, internándose en el corazón de las montañas, en algún momento llegará a la casa de Vic Tobias.

Tobias se dedica al cultivo de marihuana, y hoy está teniendo un día muy difícil. No sabe a ciencia cierta si el agua se le congeló en las cañerías o si éstas se rompieron, pero la cosa es que hace un par de días que no tiene agua en la casa. La suerte quiso que esto coincidiera con la presencia de visitantes, compradores de otra parte que querían conocer a productores locales que estuvieran buscando vender parte de su producción. Tobias se ha estado esforzando mucho para concretar las reuniones, un proceso muy delicado en una parte del país donde las caras nuevas no suelen ser recibidas con la proverbial hospitalidad pueblerina, y donde se considera una torpeza (como me dijo uno de los productores) darle tu verdadero nombre al repartidor de pizza. Sin embargo, lo que es más urgente, Tobias tiene 45 plantas de marihuana florecidas que debe cosechar antes de mañana a la mañana, si es que quiere cumplir con los pedidos que le hicieron. Son casi las doce de la noche, y está levantado desde el amanecer.

Hace unos años, trabajar en esta parte del país significaba dedicarse a la actividad forestal o a la pesca, aunque con el agotamiento de los recursos naturales, ninguna de esas dos industrias ha tenido últimamente un gran impacto en la vida de la zona. Gente con aspiraciones contraculturales empezó a llegar desde el Area de la Bahía a fines de los años 60, atraída no sólo por el espectacular paisaje, sino también por su lejanía. Dicho desplazamiento, como era de esperarse, se prestó a la creación de una nueva fuente de trabajo: la producción de marihuana. En el breve pero preciso relato histórico que hace Tobias, “los hippies se fueron a la India, trajeron semillas de contrabando metidas en el culo y vinieron para acá”. En realidad, por lo general, las traían de Afganistán, pero la idea es la misma. Con un origen tan humilde como el de Hollywood (Cecil B. DeMille filmó su primera película en una caballeriza) o el de Silicon Valley (Steve Jobs inventó la computadora personal en su garaje), nació una industria enorme y típicamente californiana.

Gracias a la ambigua redacción de la Propuesta 215, el plebiscito de 1996 que permitió la posesión y el cultivo (pero no la distribución ni la venta) de marihuana con fines médicos en California, el negocio de la marihuana ha crecido exponencialmente a lo largo de la última década. La mayor parte de la marihuana con fines médicos de California se vende a través de dispensarios: algunos, en ciudades como Oakland, son lugares enormes que reciben a cientos e incluso miles de pacientes por día, mientras que en Los Angeles los negocios dedicados a la venta de productos asociados a la marihuana –hay más de mil, según estimaciones– se han colado en pequeños shopping centers y en las áreas comerciales de toda la ciudad. Esto ha avergonzado tanto a la municipalidad de Los Angeles que, en enero, aprobó una ordenanza que podría reducir el número de estos establecimientos a 70.

Dicho esto, según algunos cálculos, el cultivo anual de marihuana en todo el estado produce beneficios por aproximadamente 14.000 millones de dólares, “dejando chiquito”, según una nota que sacó hace poco la Associated Press, “a cualquier otro sector agrícola del país”.

En su momento, el hecho de que el electorado de California aprobara la Propuesta 215 pareció algo coherente, sobre todo viniendo de la misma gente que había creado la Cientología. Pero ahora que la economía se encuentra inmersa en una grave crisis, y que millones de estadounidenses se han visto forzados a repensar su forma de vida, está cobrando cada vez más fuerza la idea de que el país ya no puede permitirse sostener la prohibición de larga data que pesa sobre la marihuana, la idea –por primera vez desde los años 70– de que la marihuana podría despenalizarse en varios estados, e incluso legalizarse por completo. Catorce estados ya han aprobado la marihuana con fines médicos y otros catorce tienen alguna ley relativa a la marihuana esperando ser aprobada. Y eso no incluye a Massachusetts, que el año pasado despenalizó efectivamente el consumo de marihuana con fines recreativos, penando la tenencia de hasta 30 gramos con una multa de 100 dólares. En el ámbito nacional, un economista de Harvard calculó que legalizar la marihuana le ahorraría al gobierno 13.000 millones de dólares anuales en gastos derivados de la prohibición (incluyendo salarios policiales y cárceles), y podría generar 7.000 millones anuales si se la gravara, un argumento de peso en un momento en que las municipalidades se están viendo obligadas a recortar gastos y puestos de trabajo. “En los últimos años, la gente había interpretado la legalización de la marihuana como una forma de libertinaje: para ellos, significaba darle un espaldarazo, y permitir que se saliera de control”, señala Ethan Nadelmann, el fundador de la Drug Policy Alliance Network, un grupo sin fines de lucro dedicado a terminar con la “guerra contra las drogas”. “Ahora, cada vez más gente la interpreta en términos de impuestos y regulaciones.”

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