Marihuana: El gran engaño

Marihuana: El gran engaño

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Una de las características de nuestra especie es que sus individuos somos, al tiempo que gregarios y cooperativos, o precisamente por ello, fácilmente manipulables, ingenuos e incautos.

Si bien es cierto que en muchas ocasiones actuamos con excesivas precauciones en el trato con nuestros semejantes, somos muy confiados con otros asuntos que afectan, a veces de forma que no alcanzamos ni a sospechar, a nuestra existencia.

Hay libertades que no pueden ser otorgadas o conquistadas a medias, y el derecho al propio cuerpo forma parte del derecho mismo a la vida. Haga cada cual lo que quiera con su cuerpo mientras no dañe o perjudique a los demás. Personalmente siempre preferiré un jerez o un té verde a un cigarrillo de hachis, pero sobre gustos no hay nada escrito, aunque siempre habrá quien necesite imponer su verdad. Creerse en posesión de la verdad única y absoluta, la gran prueba de la estupidez humana.

La triste historia de esa planta que llamamos cáñamo o marihuana puede ser un buen ejemplo tanto de engaño como de ingenuidad humana. Llevaría horas resumir los usos que las diferentes sociedades han dado al cáñamo desde hace no siglos, sino milenios. Asombra comprobar que ha sido uno de los vegetales más extendidos y utilizados: para uso textil, pocos jóvenes saben que los primeros pantalones vaqueros estaban confeccionados con cáñamo, mucho más resistente que los actuales de algodón; sogas y cuerdas de todo tipo, velas de barcos, cestos, ropa, etc. etc. También tuvo usos medicinales, reflejados en innumerables textos a lo largo de los siglos. Los recientes descubrimientos acerca de sus efectos beneficiosos para pacientes sometidos a quimioterapia no son más que una de las tantas utilidades que el ser humano le ha encontrado a esta planta.

Su uso lúdico como estupefaciente, utilizado para producir una especie de borrachera leve, no ha sido, desde luego, el principal, aunque se le dió especial importancia en algunas culturas para actos sacramentales, como medio de comunicación con sus dioses, de forma muy parecida a como los cristianos usan otra droga, el vino, en la ceremonia religiosa de la misa.

¿Qué ocurrió, entonces, el siglo pasado para que esta planta tan aparentemente útil fuera prohibida de repente en Estados Unidos y luego paulatinamente en el resto del mundo?

Es aquí donde nos encontramos con un ejemplo típico de candidez de las sociedades humanas, de manipulación y de, también hay que decirlo, lucrativo negocio al estilo americano.

En los años treinta el papel se obtenía industrialmente de dos fuentes: del cáñamo, que daba lugar a un papel de excelente calidad, sumamente ecológico y que tenía como único inconveniente que requería mucha mano de obra para el cuidado y recolección de la planta, y de la madera, sistema que aún se sigue utilizando hoy en día y que, como todos sabemos, además de provocar una grave deforestación, da lugar a una de las industrias más contaminantes.

Los años treinta, como prácticamente todo el siglo pasado, fue una época de inventos en todas las áreas, y entre las innumerables máquinas que se crearon y que hicieron menos duras las labores agrícolas se encontraba el descortezador mecánico. Con este aparato la obtención de papel a partir del cáñamo pasaba a ser no solo el sistema más ecológico, sino también el más rentable.

¿Por qué entonces en esa misma época se prohibió el cáñamo en vez de aumentar su producción?

Llegados a este punto entran en escena tres personajes: el primero es William Randolph Hearst, el hombre más rico del mundo en su época. Hearst era propietario de una importante cadena de periódicos en Estados Unidos y como sus empresas consumían grandes cantidades de papel, pensó que podría reducir costes si él mismo compraba los aserraderos y demás empresas relacionadas con la producción de papel, y así lo hizo, invirtiendo en ello enormes sumas de dinero. Pero en 1935, con el invento del descortezador mecánico antes mencionado, mientras miles de familias de agricultores en todo el muno soñaban con un futuro mejor, Hearst se preocupaba por los aserraderos y fábricas procesadoras de pasta de papel que había comprado, condenadas a una ruina inminente.

Pero lejos de resignarse y admitir que seguiría siendo multimillonario, pero vería su fortuna reducida en parte, decidió que tenía que haber alguna forma de vencer a su nuevo enemigo, esa planta que daba papel de mejor calidad, más barato y sin apenas usar productos químicos en su elaboración. Y utilizó para ello su mejor arma: la manipulación informativa a través de los periódicos de su propiedad. Inició una campaña en la que presentaba al cáñamo, la marihuana, como el origen de todos los males: delitos, violencia, etc. Hearst nunca incluyó en los artículos de sus periódicos ni un sólo informe médico o científico porque todos ellos decían claramente que no se trataba de una planta peligrosa y que tenía, en cambio muchas cualidades positivas, tanto medicinales como de uso industrial. A pesar de ello, millones de americanos le creyeron y empezaron a ver un enemigo en una de las plantas más útiles al ser humano y que era también, entre decenas de usos, fumada por quien le apeteciera, como lo habían hecho, entre otros muchos, los serios y respetables presidentes George Washington o Tomas Jefferson, ambos conocidos y declarados cultivadores y consumidores de marihuana.

Pero no era suficiente tener a la opinión pública de su lado para conseguir prohibir un cultivo tan beneficioso, Hearst necesitaba algún cómplice poderoso, y aquí entra en escena el segundo personaje: la empresa petroquímica Dupont, que ya entonces contaba con plantas de producción distribuidas por toda América. Esta empresa también tenía sus razones para combatir a esa planta que se empeñaba en seguir siendo tan incómodamente útil: por una parte Dupont tenía la patente del ácido sulfúrico, muy contaminante, pero utilizado en grandes cantidades en el procesamiento de la pasta de papel obtenida de la madera, con lo que Hearst era uno de sus mejores clientes. Por otra parte, Dupont acababa de desarrollar dos fibras artificiales, el rayón y el nylon, que encontraban en el cáñamo a un ecológico e incómodo competidor.

Los intereses de las empresas de Hearst y las de Dupont coincidían plenamente. Dupont tenía contactos en las altas esferas de la política y las finanzas americanas, entre ellos Andrew Mellon, que era presidente del Mellon Bank, el principal proveedor de recursos financieros de Dupont. La sobrina de Mellon estaba casada con nuestro tercer personaje, Harry Anslinger, comisionado del Departamento Federal de Narcóticos, un individuo que ha pasado a la historia vinculado a varios asuntos turbios que no vienen al caso. Este fue el político ruidoso y tenaz que defendería los intereses de Hearst y Dupont, enarbolando la bandera de la moral, el patriotismo y las buenas costumbres. Dió en el Congreso encendidos discursos contra el cáñamo, pero nunca pudo presentar una prueba o un sólo estudio científico que apoyara su tesis. Repitió una y otra vez que era una droga terrible que provocaba agresividad y que debía ser prohibida. Cuando le presentaron informes médicos que decían que era imposible que tal planta provocara agresividad, sino justamente lo contrario, que aplacaba el ánimo, dijo entonces que era una planta antipatriótica, pues no permitiría tener buenos soldados. . .

Así, el trío Anslinger-Dupont-Hearst, con la ayuda inestimable de la mafia y congresistas corruptos a sueldo de ella, consiguió que en 1937 el cáñamo fuera prohibido en Estados Unidos. A partir de ahí se produjo un efecto dominó que haría que la planta acabara, tras miles de años de convivencia pacífica con el ser humano, prohibida en prácticamente todo el mundo: Si algún país quería tener buenas relaciones con Estados Unidos tenía que incluir tan extraña prohibición entre sus leyes, arruinando a miles de familias de agricultores y obligándose a producir o comprar productos más caros y contaminantes.

No debemos olvidar a un colectivo que apoyó en todo momento y con todos los medios a su alcance la prohibición del cáñamo: la mafia americana, con todas sus diferentes ramas. La razón no era otra que, tras haberse enriquecido desmesuradamente gracias ala Ley Secaque prohibió el alcohol una década antes, quería una nueva materia ilegal que diera lugar a un boyante mercado negro, como sucede siempre que se prohibe una sustancia. El rotundo fracaso que había supuestola Ley Seca, dejando a su paso cientos de muertos y 200.000 ciegos por beber alcohol adulterado, no fue lección suficiente para que la sociedad americana no cayera nuevamente en la trampa de un negocio muy dañino socialmente, pero al mismo tiempo muy lucrativo para una minoría codiciosa y sin escrúpulos.

Hasta los años treinta, cuando incluso drogas mucho más peligrosas, como la cocaína y la heroína, se vendían libremente en las farmacias bajo receta médica y control sanitario, el problema social de las drogas no existía, de igual forma que el cáñamo, utilizado en sus mil formas, no llamaba la atención porque una minoría lo fumara en sus ratos de ocio. Fue la prohibición la que consiguió llamar la atención de los jóvenes, al tiempo que les negaba toda información objetiva sobre el origen del problema, haciéndoles caer en la doble trampa de ofrecer una substancia a la que posiblemente no hubieran hecho caso de no estar prohibida, y hacerla deseable, especialmente en la adolescencia, por el mero hecho de prohibírsela.

Los nefastos resultados sociales que tal prohibicion ha tenido es conocido de todos, muriendo a diario decenas de personas en el mundo como resultado de la misma, mientras las mafias de todo el mundo y las empresas farmacéuticas continuan haciendo de esta tragedia social su sangriento negocio. Sólo algunos países como Suiza u Holanda han sabido enfrentarse con seriedad y pragmatismo al problema, legalizando las drogas blandas, como en el caso holandés, o administrando heroína controlada sanitariamente a los adictos a la misma, como en Suiza, eliminando así completamente la delincuencia vinculada a estas drogas.

Esa es la triste historia de esta planta y la campaña de difamación que se desató contra ella. ¿Estuvieron equivocados los griegos, romanos, persas, hindúes, chinos, y tantas otras culturas que la utilizaron durante siglos sin el menor problema, hasta la época de nuestros abuelos, o somos nosotros los equivocados y manipulados, que vivimos en este extraño tiempo de prohibición?

Es difícil calcular cuantos millones de hectáreas de bosques en todo el mundo no habrían sido destruidos de no haber seguido la historia tan retorcido camino, de no haber prevalecido los intereses mezquinos de un pequeño grupo de hombres sobre los del resto de la humanidad.

Pero posiblemente, y a pesar de que estos son datos históricos conocidos, y fácilmente comprobables hoy en día, la prohibición continuará durante quien sabe cuantos años más, porque le proporciona un lucrativo negocio a políticos corruptos y a las mafias de todo el mundo, a fabricantes de armas y empresas químicas.

Es asombroso comprobar las estadísticas de muertes por drogas anteriores a la prohibición de las mismas, cuando estaban todas ellas, como una medicina más, en las farmacias: hasta los años treinta, la mayoría de los jóvenes no mostraban interés por consumirlas, al no tener el aliciente de lo prohibido, y los pocos que lo hacían no tenían que delinquir para conseguirlas, no creando el consiguiente problema social. Las drogas ilegales hoy en día eran utilizadas casi siempre por personas mayores como analgésicos ante enfermedades crónicas dolorosas, no creando por ello ningún conflicto social. Los muy pocos casos de muerte por sobredosis (entre 4 y 12 anualmente en los años 30 en España) eran casos encubiertos de eutanasia o suicidio, casi siempre de personas con cánceres terminales.

Los enormes gastos de su prohibición y las consecuencias negativas de la misma las pagamos todos los ciudadanos con nuestros impuestos, mientras algunas empresas farmacéuticas, como Eli Lilly, de la que fue director George Bush padre, tienen el multimillonario negocio de las patentes por la producción sintética de los principios activos del cáñamo, principios que forman parte fundamental de muchas medicinas. Este negocio se vendría abajo si esos compuestos químicos se obtuvieran de forma natural de la planta en vez de sintetizarlos.

Pero somos ingenuos, absurdamente incautos, y a pesar de que hoy día tenemos todos estos datos a nuestra disposición, sigue pesando más sobre todas las sociedades del mundo el engaño a que sometieron a nuestros abuelos un grupo de sinvergüenzas codiciosos hace apenas ocho décadas.

Si fuéramos algo más cautos, un poco más desconfiados, investigaríamos el origen de hechos y costumbres que damos por buenos sólo porque nos han acostumbrado a ellos desde niños, indagaríamos sobre el origen de la clase política antes de votarles o, mejor aún, exigiríamos que nos consultaran antes de hacer las leyes que van a condicionar nuestra vida: averiguaríamos cual fue el verdadero origen de cada guerra, el de cada religión, y llegaríamos posiblemente a exigir que se nos permitiera gobernar nuestra vida social, que diera la democracia un paso más, como ha hecho a lo largo de la historia, exigiendo que se nos permitiera votar, mediante sistemas informáticos, las leyes más importantes que nos gobiernan: declaraciones de guerra, presupuestos, sueldos de los políticos, privilegios de la banca, etc.: media hora a la semana sería suficiente. Tendríamos así en nuestras manos las herramientas necesarias para mejorar el mundo con una efectividad que nos asombraría.

¿Cuánto tardaríamos en proponer y promulgar una ley que prohibiera los paraísos fiscales, refugio de los billones robados impunemente en la última crisis, o una ley que gravara los capitales financieros especulativos, para conseguir evitar fácilmente, con ese dinero, la muerte diaria de más de 27.000 niños por hambre o falta de vacunas?

Posiblemente, si hiciéramos eso ya no moriría tampoco ningún joven por las drogas adulteradas que les venden las mafias, posiblemente se acabarían todas las guerras en unos pocos años y con ellas tantos negocios de muerte. .

Pero ese sería otro mundo, un mundo que, tal vez porque históricamente siempre ha ido mejorando, aunque muy poco a poco, o tal vez porque soy humano y por tanto de naturaleza absurdamente ingenua, creo que, algún día, y a pesar de todo, llegará a ser realidad.

Fuente: Libre circulación por Internet .  Nekovidal 

Fuente HernanMontecinos

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