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Kleaner un producto que limpia las toxinas que se pueden encontrar un tu cavidad bucal, es decir en la boca.
Es muy sencillo de utilizar y puede evitarte algún que otro disgusto.

El uso de este producto en forma de liquido es muy sencillo. Lo que se debe hacer para un perfecto funcionamiento es sencillamente derramarlo en tu boca, enjuagarte y después tirarlo. Simplemente con esta acción ya debería ser suficiente para que las toxinas de tu boca desaparezcan.

Aquí os dejamos la ficha técnica de Kleaner de este producto que para más de uno puede ser un producto muy interesante.

¿Te asusta dar positivo en un test de saliva, estando ya desde hace tiempo sin consumir ningun producto estupefaciente?

El organismo humano conserva trazas de toxinas, dejadas por el consumo de ciertas sustancias. Estas sustancias pueden estar presentes durante bastante tiempo en los fluidos corporales, como la sangre, orina, sudor y saliva.

Las toxinas residuales en la saliva pueden dar un positivo en los tests, considerados como falsos positivos debido a que se detectan toxinas residuales, sin que estas tengan el menor efecto estupefaciente.

Debido al aumento del número de controles policiales para los conductores, un positivo falso puede tener consecuencias desastrosas para muchas personas. Incluso después de haber pasado una noche completa de descanso, y sintiendose perfectamente bien para conducir un vehículo, el sudor y la saliva aún pueden dar positivo en tests antidroga y delatar un consumo puntual que puede remontar de un dia para atras hasta algunas semanas. Aunque la persona no padezca ya ningun tipo de efecto, los tests pueden revelar un consumo que ya no tiene efecto sobre el organismo desde hace tiempo.

Diversas pruebas han demostrado la inmediata y eficiente actuacion del producto Kleaner como enmascarador de toxinas. Kleaner no contiene ningun aditivo químico, por lo tanto Kleaner no es peligroso, para quien lo consuma por via oral aunque sea una dosis alta.

El producto se aplica ingeriendo 4 o 5 gotas antes de montar en el coche. Se recomienda tener un plazo de media hora antes de conducir o de llegar al lugar de trabajo. En caso de control eminente se puede ingerir una cantidad mayor y mantener el producto circulando en la boca antes de tragarlo.

El producto tiene un gusto bastante amargo, ese inconveniente es normal, sirve tambien para saber si el producto ha impregnado correctamente la totalidad de la boca.

Cannabislandia no se hace responsable del uso fraudulento de este producto.

Cannabislandia recomienda no mezclar en absoluto la conduccion de vehículos con el hecho de estar bajo el efecto de sustancias psicotrópicas.

KLEANER NO SIRVE PARA OCULTAR EL EFECTO DE LAS DROGAS, SINO PARA LIMPIAR EL ORGANISMO DE LAS TRAZAS RESIDUALES DE CONSUMOS ANTERIORES.

MODO DE EMPLEO

Via oral: Ingerir de 4 a 5 gotas.
Via tópica: Vertir de 4 a 6 gotas en la palma de la mano. Repartir entre las manos y masajear todas las partes de la cabeza y del rostro que tienden a sudar (frente, cuello), así como las manos.

Comprar Kleaner, el limpiador de toxinas.

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Este programa abarca toda la primera fase de la floración de las plantas hasta el engorde de los cogollos. Cómo hacer la fertilización de las plantas para un correcto desarrollo de los cogollos en la primera fase de la floración, momento en que las plantas pegan un increíble estirón de crecimiento y forman la estructura de sus flores.
Muestra de la poda de hojas y ramas bajas, aunque a destiempo. Las podas siempre se hacen por motivos concretos y no indiscriminadamente por que una hoja tape a un cogollo. Se busca un fin que es ventilar y eliminar las partes inservibles que quiten energía a la parte alta de la planta. Detallamos el proceso paso a paso.

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Cada vez son mas las ciudades que están tomando las riendas sobre la reglamentación y regulación de los clubes de cannabis. La semana pasada fue la ciudad vasca de San Sebastián la que de alguna forma reconoció estas asociaciones de consumo de marihuana estableciendo los parámetros por los cuales se deben regir estos clubes.

El portavoz de la Federación Vasca de Cannabis EUSFAC, Iker Vall, valora positivamente la medida

“Desde EUSFAC creemos que la ordenanza que se ha aprobado y que ha salido en el BOE la semana pasada de alguna manera reconoce los clubes sociales de cannabis y los integra dentro de vida asociativa de la ciudad pero también establece unos parámetros y unos criterios donde deben operar estas organizaciones”.

“Creemos que ha habido muy buena sintonía entre el ayuntamiento, la sociedad civil y las asociaciones y creo que realmente la apuesta de futuro es si somos capaces de implementar esta ordenanza que a buen seguro forma parte de un proceso de regulación más amplio que se esta dando a nivel regional en el País Vasco y que esta llevando a un reconocimiento no solo de los derechos de este tipo de colectivos y de los usuarios sino también de sus deberes y obligaciones para con la sociedad”

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Defensores del consumo de marihuana quieren llevar finalmente su iniciativa de legalización más allá de la jurisdicción de estados del oeste del país, hacia el noreste, y dicen que el primer estado que podría hacerlo en esta región es Maine.

Maine tiene una larga historia con el cannabis: los votantes del estado aprobaron la legalización de la marihuana medicinal hace 15 años, convirtiéndose en la primera entidad en hacerlo en la región de Nueva Inglaterra. Ahora, defensores nacionales de la yerba dicen que el estado representa una oportunidad de que las fuerzas que promueven su legalización ingresen a los estados del noreste que han anhelado desde hace mucho tiempo.

Partidarios de la legalización de la marihuana dicen que parte de su enfoque en Maine es diagramático: la facilidad de contar con un proceso de iniciativa de votación pública encabezada por los ciudadanos de Maine hace que sea un objetico más viable que en los estados donde las leyes sólo pueden ser cambiadas a través de complicadas batallas legislativas. Intercesores a favor de la legalización citaron además un par de victorias recientes en iniciativas de legalización municipal: Portland, la ciudad más grande del estado, en 2013, y South Portland, la cuarta ciudad más grande, este mes.

Maine además descriminalizó la posesión de cantidades pequeñas de marihuana hace casi cuatro décadas, y el estado ya cuenta con una red considerable de ocho dispensarios y más de 1.500 cultivadores legales. El clima favorable para la legalización tiene a varios grupos nacionales y locales preparándose para una potencial iniciativa de votación en todo el estado en 2016.

“Es bastante posible que Maine pudiera ser el primer estado en el noreste que legalice la marihuana y que otros estados le sigan”, dijo Bill Piper, director de asuntos nacionales de la Drug Policy Alliance, con sede en Washington, D.C.

Los reformistas a favor de la legalización de la marihuana en todo el país obtuvieron una serie de victorias en las recientes elecciones, cuando Oregon, Alaska y Washington, D.C. la aprobaron. Partidarios en Maine ya están redactando la iniciativa para ser integrada en la boleta electoral de 2016, según David Boyer, un residente de Falmouth y director político del Marijuana Policy Project, con sede en Washington.

Los promotores necesitan recolectar unas 61.000 firmas para colocar el asunto en la boleta, según la Constitución estatal. Boyer señaló que la iniciativa probablemente iniciará en los próximos seis meses.

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Viven en Chile, donde el cultivo de cannabis el ilegal. Mirá por qué y para qué la usan a pesar del riesgo de terminar en prisión.

Un día Paulina Bobadilla recorría con su hija Javiera un camino de montaña y por un momento pensó en poner fin a la vida de ambas. No soportaba ver sufrir a su niña, quien padece de epilepsia refractaria, un mal que no responde a los anticonvulsivos tradicionales.

Los anticonvulsivos, de hecho, le causaron a Javiera vista tubular (como caballo con anteojeras), daños en la tiroides e insensibilidad al dolor.

“No sentía dolor, vivía en un mundo paralelo. Se sacaba sus uñitas y dejaba sangrando sus dedos”, contó Bobadilla. “Después de años de desesperación, lo único que quería era morir con ella”.

Cerca de una pendiente “le dije hasta aquí llegamos”, recuerda. (Pero) La Javi me dice `mamá, te amo’ y la miro y (pienso) `tengo que seguir”’.

La vida de Javiera, quien hoy tiene siete años, dio un vuelco cuando comenzaron a experimentar con marihuana, desafiando las leyes chilenas. Desde que ingiere un par de gotas de resina de marihuana diarias, se acabaron las convulsiones y todos los efectos negativos de los anticonvulsivos tradicionales.

Bobadilla dijo que una amiga le sugirió usar marihuana y se decidió después de ver el video de Charlotte Figi, de ocho años, que vive en Colorado, quien padece epilepsia refractaria desde los tres meses. Hace pocos años la trataron con cannabis y poco después empezó a caminar y hablar.

La madre de Javiera y más de un centenar de padres más cansados de esperar que el Congreso apruebe el uso medicinal de la marihuana formaron “Mamá Cultiva”, un grupo de apoyo mutuo cuyos integrantes se exponen a ir a la cárcel al cultivar clandestinamente la marihuana para extraer el aceite que calma e incluso hace desaparecer las convulsiones de sus hijos.

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Javiera Canales mientras riega plantas de marihuana medicinal en su casa familiar, en Santiago de Chile

En Chile se puede consumir la droga, pero es ilegal cultivarla, venderla y transportarla. Quienes lo hagan, pueden sufrir penas de 541 días a 15 años de prisión. La estricta ley antidroga chilena permite el uso medicinal con autorización de varios ministerios, un trámite burocrático que pocos encaran.

Personalidades mundiales han solicitado la despenalización y regulación de la marihuana y el ex presidente socialista Ricardo Lagos reactivó el debate en Chile.

“Partamos por legalizar la marihuana, con lo cual una gran cantidad de delitos desaparece”, dijo a comienzos de mes a la revista Qué Pasa, pero el tema no está en la agenda del gobierno de Michelle Bachelet, que sólo analiza suavizar un poco las penas relacionadas con la marihuana sacándola de la lista de drogas “duras”.

El Congreso está estudiando una propuesta de despenalizar el cultivo de cannabis con fines terapéuticos y recreacionales, la cual fue aprobada sin oposición por la Comisión de Salud de la Cámara de Diputados. La iniciativa debe ser analizada ahora por el pleno de ese cuerpo y luego por el Senado antes de convertirse en ley y, ante la oposición de la derecha, no hay perspectivas de que eso suceda a corto plazo.

“Mamá Cultiva” crece a diario pues hay unos 15.000 niños con epilepsia refractaria en Chile, según dijo a The Associated Press Ana María Gazmurri, líder de la Fundación Daya, que promueve desde hace un año terapias alternativas y que impulsó el nacimiento de “Mamá Cultiva”.

Si bien en Chile no hay estudios clínicos sobre el efecto medicinal de la marihuana, la doctora Lidia Amarales, directora del estatal Servicio Nacional para la Prevención y Rehabilitación del Consumo de Drogas y Alcohol, dijo en noviembre que “existe evidencia científica internacional que avala el uso de esta droga en algunas patologías muy específicas como epilepsia refractaria, cuidado paliativo del dolor”.

Destacó, no obstante, que el uso de cualquier droga legal o ilegal, en niños o jóvenes siempre puede generar reacciones negativas.

Gazmurri precisó que en Fundación Daya y la municipalidad de La Florida adelantan un programa piloto que permitirá “la generación de un estudio clínico que nos permita tener toda la evidencia que en otras partes del mundo ya existe”.

Tras muchos meses de gestiones, ambas entidades consiguieron los permisos correspondientes y sembraron 850 plantas en un recinto ultra vigilado. Con la cosecha de marzo de 2015 producirán aceite y la resina será entregada a 200 pacientes oncológicos.

La Sociedad de Neurología, Pediatría, Anestesiología, facultades de medicina y el Colegio Médico emitieron un comunicado público para decir que la evidencia disponible sobre el uso terapéutico “esinsuficiente, lo que contrasta con la vasta evidencia científica sobre sus efectos perjudiciales”.

En la mayor parte del mundo está prohibida la marihuana, pero hay una fuerte corriente a favor de su legalización. En diciembre pasado Uruguay legalizó y reguló su uso, y Colombia y Argentina despenalizaron el consumo personal. En los estados de Colorado y Washington, en Estados Unidos, también se pueda consumir y Canadá regularizó el uso medicinal. En Europa se puede consumir legalmente en Portugal, Bélgica y Suiza, aunque en Holanda se adquiere en algunos cafés.

La mayoría de los miembros de “Mamá Cultiva” tiene plantaciones en sus patios o en habitáculos acondicionados, pero como las plantas crecen lento, a veces acuden a traficantes, que en ocasiones los engañan, como a Susana, a quien le vendieron una marihuana macho, que no sirve para sacar aceite.

“Le expliqué (al traficante) que era para mi hijo enfermo, que necesitaba marihuana hembra, pero me vendió una planta macho”, cuenta Susana, quien no quiso dar su nombre completo por temor a tener problemas con la justicia.

Antes de usar cannabis, hace 18 meses, Bobadilla gastaba sólo en medicamentos 500.000 pesos (unos 840 dólares) mensuales, más del doble de un sueldo mínimo, que es de 215.000 pesos, y una cifra inalcanzable para ella. La madre de Javiera, de 34 años, tenía una peluquería, pero empezó a vender todo para pagar los medicamentos de su hija hasta que perdió su negocio. Su esposo es ingeniero en informática.

Ahora cultivar y producir aceite no supera los 100 dólares.

Bobadilla enfatizó que “Mamá Cultiva” “nace por la desesperación” de padres que se sentían solos.

“Los doctores a nosotros nos dejan solos”, dijo Bobadilla al justificar el cultivo de marihuana.

El hijo de Gabriela Reyes, Lucas, de siete meses, fue desahuciado por los médicos cuando llegó a tener 300 convulsiones diarias producidas por la epilepsia refractaria. Hoy tiene de 10 a 15 diarias gracias al aceite.

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Paulina Bobadilla mientras riega plantas de marihuana medicinal en su casa en Santiago de Chile.

“Era un bebé que lo único que hacía era llorar todo el día. Paraba solo cuando dormía un rato y seguía llorando”, declaró Reyes. “Llegó a estar con ocho anticonvulsionantes juntos y hacía dos crisis diarias”.

Para evitar ser timados al comprar marihuana a traficantes, como le sucedió a Susana, el grupo organizó un taller clandestino de cultivo de marihuana para algunos padres. Cultivadores del cannabis les enseñaron a multiplicar las plantas para que no les falte la materia prima, pero en la reunión se dieron cuenta de un nuevo engaño: una droguería les vendió un alcohol que no es apto para extraer la resina que luego beberán sus hijos.

Mientras algunos padres extraían aceite, Susana separaba hojas secas y semillas del tallo, con la esperanza de poder obtener algo de aceite. A pocos metros su esposo atendía a su hijo, que emitía gritos mientras sufría convulsiones.

Horas después todos tuvieron la oportunidad de sacar un tallo con hojas y prepararlo para dar vida a otra planta, en un proceso conocido como “esqueje”. Sus caras se veían felices a medida que dominaban la técnica. Si hubieran sido descubiertos por la policía, con la cantidad de marihuana que había en el lugar, arriesgaban una pena de las más altas.

Por ahora se sabe de un solo detenido en relación con estas actividades, ya que son extremadamente cuidadosos para que no los ubiquen ni les decomisen sus plantas. El arrestado es un hermano de Bobadilla.

En septiembre Bobadilla se quedó sin plantas para extraer y tuvo que acudir a un traficante, fue acompañada por su hermano y unos amigos. Compraron 23 gramos y al llegar a su casa se bajó del vehículo y el hermano y sus amigos se quedaron en el auto, pues pensaban ir a comprar unos panchos. Apareció la policía y les encontró la marihuana. El joven estuvo detenido unas horas y hoy está procesado por microtraficante, arriesgando una condena de hasta cinco años.

“La cárcel no me asusta”, dijo Bobadilla. “Que me quiten la medicina, eso sí”.

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En el principio fue el parque. Y posteriormente, el poblado, algunos bares de ciudades como Móstoles o Alcorcón, el servicio a domicilio y de nuevo la quedada en el parque o la plaza. Pillar costo o marihuana ha sido casi siempre un trámite engorroso y casi nunca un paseo por el lado salvaje o la marginalidad. Hoy día hay un nuevo modo de cumplir con el requisito mínimo para sostener el hábito. Los clubes de consumidores de cannabis han proliferado y han avanzado un paso más en la normalización del uso de esta sustancia, la cuarta en consumo a nivel español, tras el alcohol, el tabaco y los hipnosedantes.

Según las estimaciones, basadas en el registro de estas asociaciones en el Ministerio de Interior, en el territorio hay 500 de estos clubes. La mayoría, unos 200, en Catalunya, también en el País Vasco, y, en menor medida, en Valencia, Madrid o Sevilla, pero ¿cómo son estos clubes?

Entramos al primero de ellos, en un barrio céntrico de Madrid. No. Retrocedamos. Esperamos en una esquina de ese barrio céntrico hasta que llegue Daniel, nuestro guía, a quien antes de nada le colocamos un nombre ficticio para este texto. Esperamos, porque para entrar hay que seguir unas normas de seguridad que, aunque cambian de unos clubes a otros, funcionan para minimizar riesgos. Daniel nos acompaña hasta la puerta. Primer control: huella digital. Pone la suya y pasamos a un descansillo. Es donde explica las reglas básicas de este club. La primera: no se compra a un proveedor sino que se organiza una compra mancomunada del material. La actividad que se lleva a cabo aquí es el consumo compartido. Una parte del sistema judicial reconoce que no hay delito asociado a esta práctica. En noviembre de 2013, el presidente del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco declaró en el Parlamento vasco que “hay una jurisprudencia ya consolidada de que el consumo colectivo con cantidades propias de autoconsumo no está penalizado, pero eso no quiere decir que exista derecho a hacerlo, sino que eso no es delito”. ¿Lo entienden? Pues la diferencia en la interpretación de ese margen entre el límite del derecho y el delito puede suponer cárcel.

Daniel explica que el club funciona estrictamente mediante la compra de una cantidad adecuada a lo que cada socio consuma. Hay un registro en el que se apuntarán los gramos que se retiran cada vez. Daniel nos explica que el límite legal mensual establecido está en cien gramos, pero que su club, como otros en el País Vasco, marca un límite más bajo, de 60 gramos mensuales, para fomentar un consumo responsable. Junto a los papeles, en el club de Daniel se exige ser mayor de 21 años, venir avalado por otro socio y haber pedido cita previa. Además, incluyen un cuarto papel en el que los socios se comprometen a un proyecto de cultivo autocompartido. Es el modo de autoabastecerse sin recurrir al mercado negro ni a terceros. Daniel nos explica que se hace para reivindicar el derecho a cultivar plantas, una pelea que se está librando en muchas localidades de Catalunya y la Comunidad Autónoma Vasca.

Aunque las instrucciones sean generales, el criterio de cada fiscalía provincial es la última barrera antes de hacer posible un club sin el mal karma del hostigamiento policial a sus asociados. Entre las fiscalías más agresivas contra estas asociaciones y clubes está la de la Comunitat Valenciana, cuyo fiscal antidroga, José Ramón Noreña, anunció en octubre una ofensiva contra los cerca de 20 clubes que funcionan en la región. La realidad jurídica cambia en cada comunidad, confirma Daniel, quien comenta que las asociaciones que han pedido estatutos a nivel estatal –porque tienen entre sus planes funcionar en varias comunidades– están teniendo más seguimiento por parte de las autoridades que aquellas que se ciñen al registro de su comunidad autónoma. Si eres estricto, comenta, es muy difícil que la actividad de los clubes tenga repercusión judicial. No obstante, nos dice, hay clubes que se acercan al límite y grandes empresas que ven una oportunidad de negocio tras este relajamiento de las costumbres.

Más allá de lo represivo
Hemos firmado los papeles, nos han hecho una fotocopia del DNI y ya estamos dentro. Hay un grupo de seis o siete chicos y chicas en torno a los 25 años y cuatro o cinco varones de los que ya no cumplen los treinta acodados en la barra. Una nevera –esto no es un bar–, seis o siete mesas, cada una distinta a la anterior, y unos grafitis en lienzos. Pregunta­mos a nuestro guía por las condiciones laborales de la asociación: qué pasa con quien pone las cervezas. Nos dice que es difícil hacerlo todo legal, ya que es fundamental demostrar que no hay ánimo de lucro en ninguno de sus movimientos.

Los táper de marihuana –hay menos variedad de hachís– llaman la atención detrás de la barra. Jack Herer, AK47, son los nombres de algunas de las variedades más populares. Hablamos con Daniel, no ya de los aspectos legales, sino de la sociología del consumo. Nos dice que los hábitos han cambiado, en parte gracias al autocultivo. El Diario de León decía en enero de este año que hay mil grow shops –tiendas que facilitan materiales para el cultivo– en España. Hace cuatro años se estimaba que las pymes asociadas a este sector generan cerca de 50 millones de euros anuales. Entre calada y calada, comentamos el hecho de que este año comience a contabilizarse el peso de las drogas en el PIB.

Salimos de allí con la sensación de haber estado en algo parecido a un coffee shop. No llevamos ninguna china o cogollo; bajo ningún concepto los invitados pueden retirar material, nos explica Daniel. Al día siguiente, con la mente aún un poco nublada, nos dirigimos a otro club. Hay pequeños cambios. En lugar de tres papeles, firmamos uno que explica que lo nuestro es consumo terapéutico. Nos dicen que la legalización vendrá por esa vía. En esta ocasión nos hacemos socios. La conversación es menos distendida. Son las 17h y sólo algunas personas pasan a esta hora a retirar seis o siete gramos de marihuana. Al salir, comentamos la jugada con otro consumidor habitual. Nos dice que, aunque estar en un club sale un poco más caro, la calidad del material y la tranquilidad del acceso a su dosis le compensa el sobrecoste. Salimos de allí y nos vamos a trabajar. Hay que escribir un artículo sobre los tiempos en los que el uso del cannabis está tan normalizado que su uso comienza a dejar de estar criminalizado.