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Reportaje

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Jonathan Franklin visitó Denver, el nuevo punto de partida para la industria de mayor crecimiento hoy en Estados Unidos: la marihuana.

El olor de 9.452 plantas no es una sensación fácil de olvidar. Incluso después de pasar por dos puertas de alta seguridad, el aroma potente y dulce de la marihuana fluye junto al viento fuerte de Colorado. Allí tuve una visión increíble: filas y filas de marihuana cogollando, apiladas y embaladas en un galpón gigantesco en Denver. “Ahí arriba están las mamás”, dice Jimmy Ceasano, el gerente del galpón, apuntando al segundo piso. “Con esas hacemos clones y los ponemos acá abajo”, cuenta con un tono maternal.

Cada semana Jimmy debe coordinar una cosecha distinta, unos 4 kilos semanales. El precio de mercado por libra –unos 500 gramos- alcanza los 3.000 dólares, alrededor de un millón seiscientos mil pesos. Un negocio rentable para el que tenga los dos millones de dólares necesarios para entrar al juego.

Piezas enteras llenas de tierra, fertilizantes, un reloj para los empleados, permisos de cultivo del Estado de Colorado y jarros de vidrio, cada uno de ellos repletos de miles de dólares conseguidos producto de la última cosecha. Al caminar a través de esta verdadera planta de cultivo industrial, la magnitud de la producción de marihuana se hace evidente. “Nuestra cuenta de luz cuesta 15 mil dólares (8,4 millones de pesos) mensuales, y a fin de año esa cifra será por lo menos 5 veces mayor, unos 75 mil dólares mensuales (42 millones)”, explica Jeremy Heidl, mientras me hace un tour guiado por el centro de cultivo de su empresa.

Aunque la marihuana terapéutica ha sido legal en California desde 1995, el primer experimento de ventas recreacionales a adultos comenzó el primero de enero del 2014, aquí en Colorado. La industria surgió instantáneamente. Los turistas llegaron en oleadas masivas desde todas partes del mundo, se reportó escasez de marihuana, los precios se dispararon y, para los trabajadores de la industria como Jessie, que está a cargo de 9.452 plantas, los niveles de estrés son agobiantes. “La gente piensa que estoy relajado porque trabajo con marihuana, ¡Nada qué ver!”, desmiente.

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Jimmy se queja que por culpa del boom de las ventas de marihuana, experimentados podadores de marihuana, se quedaron sin suministro. Recortar cogollos es un trabajo monótono para el que se necesitan tijeras y la habilidad para podar los apretados cogollos hasta convertirlos en pequeñas bolas de marihuana, es algo que requiere experiencia para desarrollarse. “Si puedes podar dos libras diarias –casi un kilo-, es algo muy bueno. Nosotros necesitamos una libra al día”, dice Jimmy. “Algunos de los cogollos más chicos y menos densos son difíciles de podar. El excedente no sale con el primer corte y tardan mucho más en ser recortadas”, agrega.

Un mal podado puede arruinar cientos de dólares cuando se corta el cogollo en pedazos, asegura Jimmy. “Aquí hay recortadores que han estado mucho tiempo, más de un año, y algunos simplemente no logran hacerlo bien. No sé si esto tiene que ver con un problema de falta de motivación o quizás es ética de trabajo”, dice Jimmy, que está tan desesperado buscando trabajadores, que contrató una agencia de temporeros para que lo ayudara. “Los temporeros que usé eran horribles, no sé si porque eran recortadores horribles o qué. De los seis contratados la semana pasada solo uno hizo un trabajo decente y serio. Tuve que llamar a la agencia de vuelta y decirles que no los iba a necesitar para el resto de la semana por lo mal que hacían el trabajo”.

Pero los recortadores de marihuana no son necesarios en el laboratorio de la empresa, donde se usa una licuadora industrial para transformar la marihuana en un finísimo polvo, que después se empaca en un aparato metálico y tubular para extraer aceite de marihuana. Mientras entro al laboratorio, un grupo selecto de trabajadores instala un equipo técnico hecho en Alemania. “Este es un proceso crítico de extracción de CO2, en el que se extrae orgánicamente el aceite de la marihuana que estuvo durante 15 horas en la máquina, muchos caballos de fuerza atrás”, resume Ralph Morgan, que ha pasado varios años perfeccionando el arte de la extracción de aceite de marihuana, como cofundador de OrganaLabs.

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Como la mayoría de los empresarios de la marihuana en Denver, Morgan empezó su carrera vendiendo marihuana de alta calidad a pacientes con SIDA, dolores crónicos y otros que verdaderamente necesitaban marihuana para mejorar su estándar de vida. “Son pacientes que decían “Tengo problemas para dormir, tengo problemas relacionados con tal o cual enfermedad ¿Tienes algo que me ayude?” Y la respuesta es sí, teniendo en cuenta que la euforia puede ser un efecto secundario”.

Ahora Morgan transformó su invento –un cigarro electrónico que vaporiza aceite de marihuana- en O.penVape, un éxito patentado que probablemente le signifique millones de dólares. Pero a juzgar por su entusiasmo de científico loco, Morgan parece no hacer esto por dinero. De hecho, tanto él como su señora, provienen de un contexto de análisis y experimentación en el área de la Salud, para convertir el aceite de marihuana en una amplia gama de remedios. “La química me es peligrosamente familiar”, dice Morgan. “Es la solución empresarial más satisfactoria que podría imaginar. Tienes la oportunidad de ser parte de la historia y de ayudar verdadera y profundamente a la gente mientras, además, tienes éxito. Es maravilloso”.

Para Morgan una de las sorpresas del año pasado fue la explosión absoluta de la venta de aceite de marihuana. En vez de fumar –y de dañarse los pulmones- cada vez más usuarios de marihuana medicinal y recreacional, optan por vaporizar THC o ingerir marihuana a través de comestibles mezclados con THC. Desde bebidas hasta barras de chocolate, la cantidad de marihuana que se transforma en aceite pasó de menos de 5% el año pasado, a casi el 30% de todo el mercado de la marihuana.

En la parte de arriba de Colorado, en la ciudad de Boulder, miles de estudiantes universitarios trabajan en un laboratorio muy distinto: tratan de desarrollar la marihuana más fuerte del mundo. En las piezas de atrás de los laboratorios, y otras veces en casas, han explotado accidentalmente tanques de butano de varios equipos de químicos que están desarrollando un tipo de “cera” de marihuana totalmente nueva, que puede derretirse en pipas o cocinarse. Dentro de las más fuertes está una lámina de color ámbar que contiene prácticamente puro THC y es conocida como “shatter”. La próxima aventura de Morgan no tiene tanto que ver con la volada más fuerte como con la mejor sensación, ahora está desarrollando protocolos químicos para el lanzamiento de una línea de marihuana de consumo tópico, destinada al alivio local de artritis, inflamación y otros dolores corporales.

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Morgan es optimista y declara que lo que él llama “el experimento de la legalización”, continuará. Las autoridades locales, según él, han sido “increíblemente cooperadoras”. A comienzos de enero uno de sus empleados estuvo involucrado en un accidente de tránsito, la policía llegó y encontró 10 libras -4,5 kilos- de marihuana en la maleta. La policía llamó a Morgan, quien disfruta reviviendo la conversación. “No es muy frecuente que te llame el departamento de policía diciendo “Sr. Morgan, tiene que venir a buscar 10 libras de marihuana que su vendedor tenía en el auto”.

Cuando ya va terminando mi tour, Morgan sonríe y toma un frasco de lo que parece aceite para motores. “Esto cuesta 40 mil dólares (22,4 millones de pesos)”, dice. “Nosotros tomamos 5 libras de marihuana e hicimos 283 gramos de esto” A ese precio, un barril de 55 galones de aceite de marihuana constaría aproximadamente un millón de dólares, lo que ayuda a explicar el flujo de dinero que llega a Colorado, producto de lo que muchas personas hoy denominan “La Fiebre Verde de Colorado”.

“El año pasado la gente compró 1,4 billones de dólares en marihuana legal, este año se espera que esa cifra supere los 2 billones”, explica Steve Berg, un banquero inversionista especializado en la industria de la marihuana. “Es el segmento de mayor crecimiento en la economía estadounidense, crece más rápido incluso que la industria de los teléfonos inteligentes”. Berg está involucrado ahora en “inversiones semilla” de la industria de la marihuana. El grupo donde trabaja –Grupo Arcview-, ya ha recaudado más de un millón de dólares para empresarios de la marihuana, aunque la mayoría de ese dinero no estará destinado al cultivo de la planta sino a financiar negocios auxiliares, como Mass Roots, una aplicación de redes sociales destinada únicamente a contenido cannábico de alta calidad.

Aunque la comunidad inversionista está excitada con el negocio de la marihuana, aún existe un fuerte estigma social. Es el caso de Todd Mitchem, un entusiasta consumidor de marihuana y desarrollador de proyectos en una exitosa compañía de la industria cannábica. Está orgulloso de lo que hace, pero cuando le contó a sus colegas y contactos que renunciaba a su cargo como consultor de una de las 500 compañías más exitosas del mundo, para trabajar en la industria de la marihuana, recibió una llamada chocante. “Mi teléfono sonó, era alguien de Anheuser Vusch, que había sido mi cliente por dos años, yo estaba emocionado, pensé que llamaba para felicitarme. Contesté y lo primero que me dijo fue “arruinaste tu vida”. Y yo le contesté: “qué chistoso ¿cómo te va? Hace tiempo que no hablamos”. Y él contestó “es en serio. No puedo creer que hayas hecho esto, eres un narcotraficante de clase baja, me das asco, nunca más te voy a dirigir la palabra. Solo quería decirte eso”. Quedé shockeado por unos 10 segundos y lo único que pude contestarle fue “por lo menos no matamos 40.000 personas al año” y colgué”.

En vez de recibir el insulto como una advertencia, Mitchem vio el incidente como una prueba de que estaba sobre la pista correcta. Mientras que públicamente recibía indecorosos mensajes de texto y llamadas, en privado le llegaban mensajes por LinkedIn y Facebook diciendo cosas como “felicitaciones”, “gracias por hacer esto” o “no le quiero contar a nadie, pero de verdad estoy 100% de acuerdo con lo que estás haciendo”.

“En ese momento algo me hizo clic”, dice Mitchem. “He sido un consumidor de marihuana por mucho tiempo y de pronto me di cuenta que era el momento de salir a la luz. Que este era mi oportunidad porque tenía la legitimidad del mundo corporativo y el conocimiento para construir una gran empresa, era el momento”.

A pesar de ser legal en el estado de Colorado, para el resto de Estados Unidos la marihuana sigue siendo ilegal según las leyes federales, algo que genera gran confusión. ¿Se puede viajar en avión con marihuana dentro del estado de Colorado? ¿Se puede fumar en público?, esas preguntas tienen respuesta: no. Los oficiales de Colorado hacen todo lo que pueden para no provocar a la DEA –Agencia de Control de Drogas, u otras agencias, a allanar y cerrar cultivos de marihuana. Para la gente del negocio, esto resulta ridículo. Mientras que el estado de Colorado puede recaudar impuestos por la venta de marihuana, a los dueños de las tiendas no se les permite abrir cuentas en el banco, pues el dinero proveniente de las drogas podría ser incautado.

“Tengo gente en las calles recolectando dinero, porque todos los dispensadores de marihuana tienen que operar con un mínimo de efectivo. No pueden meter la plata al banco así que muchas veces esa gente anda con 40 o 50 mil dólares en efectivo”, explica Mitchem. “En algún momento la banca tiene que despertar. En otras palabras, a alguna de esas personas la van a asaltar o la van a matar porque andan con 100 mil dólares en efectivo y ahí la banca va a pensar en hacer algo. Pero me da mucha rabia que se deban perder vidas para que se tome una decisión tan simple. Es una ley obsoleta que pretendía evitar el lavado de dinero por parte de mafias y carteles. Nosotros no somos ninguna de esas cosas, es un negocio legítimo”.

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Los que se oponen a la legalización de la marihuana en Colorado han sido sorprendentemente silenciados. Pequeños grupos de padres y evangélicos se resisten, pero aún los grupos evangélicos suavizan su crítica ante el anuncio de la venta de marihuana medicinal con fines relativos a la Salud Pública. “Esto tiene que ver con un sentido superior de tolerancia, un sentido superior de libertad”, explica William Breathes, un columnista de la marihuana en el diario local Westword. “Colorado siempre ha mantenido un fuerte sentido de la libertad personal”.

Ese sentido de libertad y una cobertura mediática gigante de los primeros días de marihuana legal, han desatado una enorme marea de turistas en Colorado. Llegan en tren, bus, avión o a dedo a tomar los tour fumeta –fuman un pito gigante mientras se pasean en limosina por 300 dólares (168 mil pesos) o se van a una expedición culinaria a través de Weedmaps.com, una aplicación para smartphones que te ayuda a encontrar la tienda de marihuana más cercana. Y así es como llegan muchos compradores de marihuana que deben esperar 6 horas en fila para poder comprar pitos. Y es así también como las tiendas empezaron a poner límites para la cantidad de marihuana que cada persona puede comprar. Aunque Denver solo tiene 560 mil residentes, es una encrucijada. Si miras en el mapa las rutas de las autopistas, Denver es como una brújula en el corazón de Estados Unidos. Entre las praderas y las Montañas Rocosas, Colorado es el hogar de 5 millones de residentes y posee el 5° aeropuerto con más tráfico en Estados Unidos.

Para entender mejor la nueva cultura de la marihuana, empecé a comprar. La primera parada que hice fue en el boticario Evergreen, que prometía una pila de descuentos en aceite y chocolate de marihuana, además de la nueva invención de Morgan, el “Lápiz Vaporizador”, del que nunca había escuchado pero sabía que muchos consumidores prefieren meter su marihuana en un tubo que se calienta a altísimas temperaturas y permite que entre el THC sin humo al cuerpo, algo mucho menos nocivo para los pulmones. Mientras estoy en la fila me dan un informe verbal del estado del arte. “Si compras dos cartuchos te dan el lápiz gratis” dice Daniel, el tipo al frente mío en la fila que se extiende por toda la cuadra.

Daniel explica que a pesar de que la marihuana ha sido legal por apenas algunos días, él ya era un fan del producto llamado O.penVAPE, el lápiz vaporizador. Saca uno de su chaqueta de invierno para mostrármelo. Se ve como un lápiz elegante, pero después de una inspección más exhaustiva te das cuenta que el O.penVAPE tiene una boquilla en un extremo y un tubo pequeño al medio de algo que parece miel. “Es el mejor aceite de marihuana que puedes encontrar”, me confidencia Daniel mientras la línea avanza lentamente.

Aunque la línea de compradores es larga, nadie se queja. Un rumor se esparce en la fila: a la tienda se le acaba la marihuana, empezarán a restringir la cantidad que puedes comprar y los precios subirán.

Mientras converso con otros compradores de la fila me encuentro, no con una juventud drogadicta, sino con padres que quieren un recreo del ritmo frenético de la vida moderna. Nadie pretende necesitar “marihuana medicinal”, que en Estados Unidos es un mercado establecido al que acuden cientos de miles de estadounidenses por su dosis mensual, semanal o diaria. Aquí hay usuarios casuales que quieren escuchar música, hacer deportes, cocinar, hacer el amor, llevar a sus hijos al parque o cualquiera de las actividades que son tan placenteras bajo los influjos de la marihuana. Hablar con los compradores es un poco como hablar con gays y lesbianas. Existe una gran población oculta de fumadores que han sido víctimas de burlas y castigos por décadas y estaban ansiosos por emanciparse. A juzgar por la cantidad de pelos canosos que se ven en esta fila, hay una subcultura completamente nueva a punto de emerger en Estados Unidos, se hacen llamar Boomer Stoners –Fumetas Explosivos o Fumetas de la Explosión-: Salieron del closet para subir a las nubes.

Mientras más me acerco a la entrada de la tienda Evergreen veo un guardia armado que parece recién salido de una guerra. Está revisando los carnéts en la puerta, aunque nadie de la fila parece tener menos de 40 años. La policía local ha incrementado el patrullaje en torno a los dispensadores de marihuana, en un esfuerzo coordinado para evitar el caos y el saqueo de hordas de fumadores de marihuana, algo tan probable como un motín en un concierto de Elton John.

Por fin entro a Evergreen y me piden leer una declaración del manual de reglas de un fumador de marihuana. Excepto por fumar en los aeropuertos y sacar la marihuana del estado, planeo seguir el resto de las reglas. Mirar la tienda es sobrecogedor, incluso para un fumeta aficionado.

Empiezo por los aceites. El aceite de marihuana ha estado en la sociedad por milenios, pero la química moderna y millones de usuarios, han catapultado la industria de la marihuana hasta transformarse en una especie de fiebre del petróleo moderna. Me convencen rápidamente de comprar dos cartuchos de aceite de marihuana refinada orgánicamente. Compro un cartucho de “sativa”, que se supone me levantará y pondrá mentalmente activo y elocuente. El otro cartucho para mi vaporizador es de la familia “índica”, especial para dejarme en un estado de suspensión y ondas mentales en cámara lenta. Ese es justamente el estado que más detesto, pero dada la importancia de la integridad periodística y del reporteo equitativo, me compro una de cada una. El vaporizador es gratis y rápidamente aprendo a cargarlo en el puerto USB de mi computador, le pongo un colgante para usarlo como collar.

En otra vitrina está la sección de “comestibles” que van desde panes y brownies hasta “Bhang”, un chocolate “medicinal”. Escojo un Bhang “Triple fuerte”, 48% cacao y 10 mg de THC por cuadradito de chocolate. Una amistosa vendedora me dice que los primerizos usualmente no entienden la potencia que tiene la digestión de marihuana. Algunos tipos de “mantequilla mágica” se demoran hasta 2 horas en hacer efecto, así que ella me recomienda solo un cuadradito de chocolate. “Sólo uno, tienes que aprender a usarlo” dice Karina, la amable vendedora.

Cuando el dueño de la tienda se dio cuenta que soy periodista, en vez de echarme a patadas, me regala una canastita que incluye “Canna Tabs”, una colección de pastillas de THC sublinguales que llegan directo al torrente sanguíneo. Además me da 14 tipos distintos de aceite de marihuana, cada uno con su propio efecto. Cuando ya iba de salida le pasé mi tarjeta de crédito al tipo de la caja. La cuenta salió 156 dólares, unos 87 mil pesos chilenos.

Mientras voy en un bus al hostal juvenil donde me estoy quedando, abro una cajita rosada de chocolate, saco dos cuadraditos y me los como. Chocolate mexicano, puro THC. No hay ninguna manera de que esto tenga un final feliz, pienso. Un vagabundo va sentado al lado mío, se llama Jeffrey. Ha estado entrando y saliendo de la cárcel, por tráfico de marihuana y también de cocaína. Dice que los indigentes aman la nueva economía de la marihuana. “Conozco gente que va a revisar los basureros cerca de los galpones de cultivo. Encuentran bolsas llenas de recortes y fondo. Una vez vi a un tipo con carro de supermercado lleno de bolsas repletas de marihuana”.

Con 17 tiendas de marihuana recreacional abiertas a mediados de enero y aproximadamente 200 más finalizando el papeleo, Colorado se está convirtiendo rápidamente en el epicentro de la pronta y drástica apertura de Estados Unidos a la legalización de la marihuana. Ya se ha bautizado a Denver como “La nueva Amsterdam”, una ciudad reconocida como centro de tolerancia y sentido común, donde la prohibición se ha suspendido.

La legalización de la marihuana, primero en Colorado, luego en Washington, Alaska y Oregon es probablemente el inicio de la normalización. Es una nueva especie de revolución, emanada desde el corazón de Estados Unidos. La naturaleza ilegal de la marihuana proviene de una buena cuota de personas que honestamente querían prohibirla, pero recientemente en CNN, se publicó que el 58% de los estadounidenses ahora quieren que se legalice. Incluso el presidente Obama, un político consumadamente cauto, ha admitido su afición a fumar marihuana y declarado que es “menos peligrosa” que el alcohol. A pesar de la legalización de la marihuana en Colorado, Obama dijo “es importante que el asunto progrese porque es nocivo para una sociedad tener una gran porción de personas recibiendo un castigo por romper una ley que ha sido creada por unas pocas”.

Después de una semana de fumar, tomar, inhalar y sorber marihuana, llegué al aeropuerto exhausto. Entonces recordé el vaporizador que ahora ocupaba como collar. ¿Lo llevaba? No fue fácil pero lo tiré en un basurero del aeropuerto. ¿Los chocolates? Me comí los últimos dos pedazos y, al pasar por la máquina de rayos X, le sonreí a la oficial mientras se derretían dulcemente en mi boca. Como la mayoría de los pasajeros que pasaban por el Aeropuerto Internacional de Denver, mi viaje marihuanero acababa de comenzar.

*Todos los valores consignados en este artículo se han calculado con el dólar estimado en 560 pesos chilenos.

Fuente TheClinic

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tarahumaras-2Por David Bracaldo Orjuela.- Se aprovechan de su infame condición de pobreza y abandono

Los rarámuris tiene una habilidad nata para correr. Además soportan agresivas condiciones climáticas y en sus rituales se entrenan para fortalecer su talento.

Si son capturados por la policía fronteriza, los indígenas ‘burreados’ pueden ser condenados a penas de entre 13 meses y 40 años de prisión, dependiendo sus antecedentes.

Zósimo Camacho, periodista y etnógrafo de los Rarámuri, dice haber visitado en varias oportunidades las aldeas de esta comunidad indígena, e identificar que sufren una “infame condición de pobreza y abandono del Estado”. “Existe una presión sobre comunidades pobres y aisladas para que entren a la economía ilegal. Por sus condiciones de desigualdad y desempleo se pueden encontrar cautivados por estas ofertas”.

Por esto serían la víctima perfecta para los narcotraficantes, quienes sobre todo se interesan por su innata cualidad de atletas. “Siempre se han caracterizado por que en sus rituales tienen un juego con una pelota que lanzan hacia acantilados y la idea es que la encuentren rápido. Pueden durar días corriendo en busca de la pelota. Esto mide su fuerza para correr en terrenos agrestes y soportar condiciones climáticas complejas”, dice Camacho.

Pero cuando parten hacia Estados Unidos evitan desgastarse en carreras, y en cambio sortean los senderos del desierto con caminatas pausadas. La primera noche duran al menos ocho horas andando, hasta el amanecer. Cuando hay luz se encuentran con un ambiente árido y un arenal indomable. Por eso de día descansan. Para hacerlo el guía les pide que escondan los costales de marihuana a unos cien o quinientos metros de distancia, por seguridad en caso de ser interceptados. En seguida buscan cuevas para resguardarse del sol o la lluvia. Comen, descansan y se preparan para continuar el trayecto al anochecer.

Hacia las seis de la tarde, aún con algo de luz, recogen sus mochilas y siguen caminando. El viaje puede durar dos o tres noches. El guía logra comunicarse con sus contactos del lado estadounidense cuando se acercan al punto indicado. Entonces se sitúan a la orilla de una carretera, aguardan la llegada de un coche, usualmente una camioneta que el guía conoce con anticipación, y en ella esconden los bultos de marihuana. Las cinco mochilas reúnen cien kilos de hierba. La operación fue cumplida. Es hora de que los jóvenes indígenas regresen a México como salieron de allí: a pie.

“Una vez que los chamacos regresan al pueblo donde fueron reclutados, van en busca de su paga y se encuentran con una sorpresa: no les entregan el total que les prometieron. Les dan 1.200 o 1.300 dólares. Cuando los tarahumaras exigen el resto, los reclutadores dicen que les descontaron la ropa y que no alcanzó el dinero, y que con el próximo viaje recuperarán lo que les quedan debiendo. Es una forma de engancharlos para que sigan”, dice el abogado Ken del Valle.

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Ante los estrados estadounidenses

La táctica es no amenazarlos ni intimidarlos y en cambio cautivarlos para que entren por su voluntad. “A los narcos no les conviene dañar a los chamacos. Si mueren o se asustan y huyen, no llega la marihuana”, explicó del Valle. Suele pasar que un joven tarahumara logre hacer unos 10 o 15 viajes antes de ser arrestado; pocas veces se salvan de la patrulla fronteriza: “border patrol”. Este escenario es una desgracia. La justicia estadounidense es implacable en estos casos, sin importar las condiciones del delito.

El abogado del Valle, que ha actuado como defensor de casi cincuenta tarahumaras en quince años que lleva litigando en El Paso (Texas), explica que las leyes del otro lado del Río Bravo son muy estrictas cuando encuentran el grupo de cinco indígenas con mochilas llenas de marihuana. “Cada uno, por el hecho de haber actuado con otros cuatro compañeros, es acusado de conspiración. Es decir, cada uno es culpable por lo que hizo todo el grupo. Así haya llevado solo 20 kilos, se le enjuicia por cien kilos. Hay sentencias de cinco a 40 años. Algunos tribunales les dan rebajas por saber que son reclutados, son indígenas, se declaran culpables y que no son reincidentes. Entonces les dan entre 13 y 24 meses y luego los deportan”.

Del Valle solo sabe que a través de la ‘burreada’ se trafica marihuana, porque los delincuentes no se atreven a enviar otro tipo de estupefaciente más costoso, que pudiera no llegar a su destino. Además recuerda que hubo tres tarahumaras que hace un par de años se perdieron y por poco mueren de sed. La razón del extravío: se fumaron la droga que llevaban como mercancía.

Con más de una década conociendo este fenómeno, el abogado incluso cuenta que hace unos meses atendió a un grupo de indígenas que fueron capturados de día pero cuya droga no les fue hallada cerca de ellos. Se pudieron haber salvado de no ser porque uno de los jóvenes del grupo, que llevaba una cámara de fotos escondida, había tomado una instantánea de los cinco con su cargamento.

tarahumaras-1Los costaleros, como se les conoce del lado estadounidense a este tipo de traficantes, suelen tener entre 16 y 60 años de edad. Ni muy jóvenes ni muy ancianos, porque el objetivo es que resistan la ardua caminata y no mueran en la travesía.

Aunque el camino es difícil, el trayecto largo y el esfuerzo absurdo, los indígenas Rarámuri que se enlistan en esta tarea son seducidos por una banal recompensa, acaso invaluable para ellos. El dinero de la paga les sirve para comprar ropa, una comida deliciosa en un restaurante al regreso del viaje, unas cervezas y tequilas para celebrar la victoria, regalos para los padres y hermanos. Sin recurrir a la coerción, los diferentes grupos del narcotráfico que dominan el norte de México se aprovechan de la estirpe indígena, que se bate entre el abandono y la extinción, y envuelven a sus nuevas generaciones en un negocio ilícito que parece de nunca acabar .

Fuente KienyKe

 

 

 

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Sequence 1En la provincia de Cádiz hay una oferta tan grande de hachís que son los camellos (los ‘dealers’) quienes llaman preocupados a sus clientes. ‘Hola, tengo de lo que te gusta, ¿vas a venir por aquí?’. Pero los clientes no van porque el mercado está inundado y porque muchos de ellos, de los clientes, no tienen dinero para comprar ‘bellotas’. ‘Se dedican a plantar y ya no llaman’, se quejan los camellos mientras tiran el precio de sus ofertas: lo que antes costaba cuatro euros el gramo ahora vale tres y no lo hará por mucho tiempo porque ya se corrió la voz de que no se quién, en no se dónde, lo vende a dos y medio. ‘Así es imposible competir’, se quejan los camellos. Las macetas de la casas más ‘verdes’ están más floridas que nunca y los ‘culeros’ han vuelto a Marruecos.

Por las calles de Chawen deambula sin rumbo Mustafa. Es un joven veinteañero, de aspecto desenfadado, tiene una arrebatadora sonrisa y llama a todo el mundo Jai (hermano en árabe). ‘Hola, jai, ¿quieres algo bueno?’. La escena en Chawen es tan común como las frases: ‘burbuja roja’, ‘lo mío no es caca de la vaca’ o ‘polen del güeno’, aderezado, según la moda al otro lado del estrecho, con giros tipo Chiquito de la Calzada o alusiones futbolísticas. Mustafa te ofrece lo que no tiene porque no es más que un intermediario: ‘ya pasé un año en la cárcel y no me van a pillar otra vez con algo encima’, comenta mientras conduce al visitante a través de un dédalo de callejuelas blancas y azules. Se acercan dos individuos de sospechoso aspecto, uno de ellos cojo y jorobado: ‘lo mío es mejor’, dicen, ‘¿quieres heroína, cocaína, éxtasis?’. Mustafa los ahuyenta con un gesto y el jorobado le lanza una mirada fulminante. Por lo que parece, el paraíso del hachís se diversificó en algún momento y ahora ofrece un catálogo más variado. No es de extrañar si son ciertas las informaciones que señalan que los narcos de la cocaína utilizan las redes del hachís para introducir suproducto desde África.

Mustafa no tiene pelos en la lengua: lo mismo te ofrece comprar un ladrillo tamaño peñón de Gibraltar que hacerte de guía turístico por la región. Sentados por fin ante una suerte de mesa camilla mientras un parroquiano intenta venderme un cuarto de kilo de hachís, convenzo a Mustafa para que nos lleve a una plantación. ‘Están cerca del pueblo, pero hay que ir en coche’. El parroquiano rebaja sus pretensiones: mejor me compra usted cien gramos. Mustafa asiente, se ofrece a elaborar las bellotas que los culeros se tragan para cruzar las fronteras, incluso se levanta para volver con yogurt y leche, ‘es lo mejor para que las bellotas pasen por la garganta’, asegura, ‘aunque hay quien prefiere zumo’. Mustafa y el parroquiano de aspecto circunspecto y bigotito decimonónico parecen decepcionados conmigo. Incluso me sueltan palabras en euskera y en catalán para crear ambiente de colegas. ¿A dónde voy yo con un cuarto de kilo?, les digo, quiero ver las plantaciones. ‘Los españoles vienen y se sientan ahí, me dicen, y se pasan una tarde entera tragando y fumando, tragando y fumando, vienen muchos de Bilbao’. Pero eso era antes: ahora vienen de todos lados, la crisis aprieta y hay que buscarse la vida. Un efecto dominó que está arruinando a los camellos asentados que no han sabido ver la que se les venía encima.

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Bellota de hachís

Mustafa se monta en mi coche y me indica: hacia allá. La dirección es la correcta, nos dirigimos hacia la zona de Ketama, el sueño de todo porreta que se precie. En una curva un pueblecito desata las pasiones de Mustafa y aplaude eufórico: ‘mira, jai, de arriba de la montaña bajaron piedras muy grandes, como una casa, y lo hicieron sobre el pueblo pero Allah es grande y le gusta la grifa’, guiña un ojo cómplice, ‘porque ninguna de las casas recibió golpe alguno’. Efectivamente, el pueblecito sigue incólume, entero, mientras piedras enormes parecen diseminadas a conciencia, cerca de las viviendas pero sin tocarlas. A pocos minutos, se abre un mundo aparte. Los campesinos pasan tranquilos en sus mulas, saludan lacios, los cultivos de marihuana llegan al mismo borde de la carretera. En una casa, los vecinos nos saludan cálidos y me enseñan su bodega: tienen marihuana acumulada hasta el techo. Eso sí, nada de fotos, nada de videos. Tengo más suerte con sus vecinos: haga las fotos que quiera, me dice un chaval que me guía a través de una especie de cortijo con lo que parecen antiguos establos repletos de hatos de marihuana. ‘Vamos a hacer polen’, me dice uno de ellos, ‘si le apetece…’ En una oscura habitación, los chavales introducen ingentes cantidades de marihuana seca en un plástico muy largo, dentro del que hay una palangana y una camiseta vieja que hace las veces de cedazo. Lo atan con una cuerda y, hala, a apalear. El monótono ritmillo del apaleo es capaz de dormir a las ovejas pero no a mí, que aprovecho para grabarlos en vídeo. Mustafa se une a la batería de marihuana e improvisa un ritmillo que me recuerda a una rumba. ‘Cuando viene la época del llueve llueve, entonces recogemos y las colgamos para secarlas’. Me gusta eso de denominar a la época de lluvias la del llueve llueve, tiene algo más de carisma y de sentimiento tribal.

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Fuera, en el patio, las matas nuevas han brotado en una voluptuosa sinfonía de verdes intensos. Los chavales deciden salir porque dentro será más seguro pero también es más agobiante. ‘Con esto’, dice Mustafa mientras recoge con una cuchara el resultado del apaleo, ‘hacemos paquetes de treinta kilos y los mandamos a España’. No todo, claro, los turistas del hachís se llevan parte, esos culeros que llegan a tragar más de cien bellotas, de diez o quince gramos cada una, aunque el grueso, claro está, va en barcos hacia Cádiz, Málaga, Huelva o el sur de Portugal. Doñana y el río Guadalquivir tienen también un lugar destacado en este tráfico de grifa. O, ya por tierra, en camiones, eso ya depende de la infraestructura de los capos. ‘Bacalao de la montaña’, estalla de pronto Mustafa, ‘mucho mejor que bacalao de Bilbao’, y le acerca la llama del mechero al polvillo que acumula en la palma de su mano: ‘ahora es arena del desierto’, dice, ‘pero si lo quemas y…’, deja un momento de suspense, ‘mira, jai, el polen viene, la goma, amigo, la goma’.

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La goma deja nada menos que veinte mil millones de euros en la región, un dinero muy importante que da empleo a más de setenta mil familias y que produce unas cincuenta y cinco mil toneladas de marihuana con una producción de todo tipo: desde polen a resina, de kiffy al refinado aceite. Dicen que son casi cincuenta mil hectáreas las cultivadas y que Marruecos produce alrededor del 15% de la producción total, seguido a bastante distancia de Albania, Líbano y África del Sur. Sólo que el reinado de Marruecos cayó hace unos años en favor de Afganistán, que desde la guerra ha multiplicado su producción de hachís y de opio en una proporción meteórica y que, tan sólo en hachís, puede producir entre 1.200 y 3.700 toneladas anuales. Sin embargo, Europa se surte principalmente con el hachís marroquí. Sólo el año pasado, se incautaron en toda Europa 1136 toneladas de resina de hachís y 6251 toneladas de marihuana. Los resultados del estudio dejan momentos impagables, como la extrañeza con que acogen, y acogemos, que en horizonte surgen dos mercados productores inesperados: Rusia y Suiza. La hierba parece imponerse en los últimos años, para mayor desesperación de los camellos gaditanos, y ya en 2010 la incautación de marihuana sobrepasó, por primera vez, la de hachís, una extraña variación debida, tal vez, al efecto de la crisis en los bolsillos de los consumidores. Estos son datos del Centro europeo para la monitorización delas drogas y sus adicciones.

Sequence 2En un viejo radiocassette del cortijo de los amigos de Mustafa suena una rumba en castellano: ‘dame, dame, dame de eso’, dice el alegre estribillo ante las carcajadas de los campesinos. Un abuelo se acerca parsimonioso fumando una larga pipa: una pipa de kiffy, los restos de la marihuana utilizada en la elaboración del polen mezclado con un tabaco local. Los muchachos deciden imitarlo y comienzan a rular cigarros del polen que acaban de apalear. El techo pronto se pierde en una nube de palomas negras y blancas volutas, el aire recargado con un aroma dulzón, el suelo repleto de bolsas de plástico llenas de grandes trozos de polen amarillento. Un negocio de veinte mil millones de euros que tiene en la ruina a los camellos de Cádiz y a los consumidores metidos a improvisados jardineros para no perder el hábito. Ni el dinero.

Fuente LosMundosdeHachero