Cannabis y audición

olvidando

Semilla
1 Mayo 2005
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nunca aprendo
La música y el cannabis tienen una clara y fuerte relación. Contamos con abundante documentación sobre la
influencia de los efectos del consumo de esta planta en el músico (interprete o compositor) y en el oyente.
En la cultura occidental contemporánea, la marihuana está especialmente ligada a dos importantes movimientos
musicales: el jazz de principios del siglo xx y el generado por el movimiento contracultural de los sesenta,
tanto hippy californiano como psicodélico británico. Tal vez sin la influencia de la marihuana no hubiesen
llegado a existir ni la música de Charles Mingus ni los universos sonoros propuestos por Pink Floyd. “No sabía
que llevaba música dentro del cuerpo hasta que la marihuana me lo dijo”, afirma Kiko Veneno (1).

Para el estudio de los cambios subjetivos provocados en la capacidad musical bajo los efectos del cannabis,
contamos con la poderosa herramienta que constituye el testimonio de los propios consumidores, según la cual
bajo los efectos de la marihuana se oye mejor la música, se perciben con más claridad los matices, el colorido
tonal, y los pequeños detalles sonoros que anteriormente habían pasado desapercibidos adquieren mayor relevancia
y pasan a un primer plano. Se empatiza y disfruta más de ella. Es un efecto generalizado, se da tanto en
consumidores principiantes, con poca o ninguna experiencia con el cannabis, como en los usuarios habituados.
No es una sensación selectiva: sea considerada buena o mala, cualquier música se percibe mejor. La empatía llega
al punto que hace que individuos que no “podían soportar” la música clásica logren comprenderla a partir de una
experiencia con cannabis; o el caso contrario, cambiar la concepción de la música pop considerada antes trivial y
banal, siendo los propios consumidores los primeros sorprendidos de este fenómeno. La apreciación más generalizada
es que el sentimiento subjetivo de cambio en la calidad de percepción musical es algo real, no es vivido como algo
artificial consecuencia de un estado alterado de la conciencia provocado por la sustancia, siendo recordada
posteriormente, pasados los efectos de ella (2).

El testimonio de los músicos recoge que el cannabis beneficia en dos aspectos: sobre la capacidad creativa en el
compositor, no sólo en cantidad sino en calidad (“las ideas melódicas y rítmicas aparecen de repente en mi cabeza”)
(3) y en la capacidad del intérprete para la improvisación. Ésta es una forma musical que consiste en concebir la
música prescindiendo de una línea melódica predeterminada, creándose mientras se interpreta, con la única ayuda de
la base armónica, cambiante a veces cada pocos compases, lo que constituye todo un arte al alcance sólo de unos
pocos virtuosos. Según el doctor James Munch, colaborador del famoso zar prohibicionista Henry Anslinger (uno de
los principales responsables de la Prohibición del uso del cannabis), “La marihuana alarga el sentido temporal y,
por lo tanto, se pueden obtener más ritmos no plasmados en la partitura, incorporando el doble de música de la que
hay escrita y haciendo la música más viva” (4). De esta forma, de la década de los veinte a la de los cuarenta, el
jazz resultante de un grupo de buenos músicos consumidores de cannabis consigue el periodo sonoro en el cual la
improvisación se convierte en el eje central.

Hasta aquí la experiencia de los usuarios de cannabis, oyentes y músicos. Pero, ¿qué tiene que decir la ciencia al
respecto?, ¿cuál es la explicación neurológicas de estos fenómenos, la relación última entre la mejora del sentido
de la audición y esta planta?, ¿son sólo experiencias lúdicas o podrían tener futuras implicaciones terapéuticas?
Aunque se han llevado a cabo muchos estudios para comprender el funcionamiento cerebral de la percepción auditiva,
son pocos los elaborados bajo condiciones de consumo de cannabis. De manera empírica, está claro que existe una
relación entre la función auditiva y los cannabinoides, pero aún están por concretarse estas conexiones. El
profesor Jörg Fachner, del Instituto de Terapia Musical de la Universidad de Witten (Alemania), presentaba
recientemente un estudio etnográfico electrofisiológico (5) donde analiza los cambios electroencefalográficos
(que analiza la actividad eléctrica y, por tanto, funcional del cerebro) obtenidos en una muestra de individuos
sanos. Utilizó cuatro voluntarios, tres hombres y una mujer, ninguno de ellos profesional de la música o
relacionado de alguna forma con esta actividad. Estudió el efecto de un porro de hachís nepalí con una cantidad
de 20 miligramos de tetrahidrocannabinol (THC, principal componente psicoactivo de la planta) mientras escuchaban
música, en concreto tres piezas del grupo King Crinsom (dos cantadas y una instrumental), en un contexto relajado
y con los ojos cerrados. Posteriormente, se compararon los cambios en dichos registros en las distintas fases,
antes y después de la exposición al THC en silencio, así como antes y después de la exposición a dicha sustancia
escuchando la música. El resultado es que los cambios en el área parieto-occipital derecha y occipito-temporal en
las ondas alfa parecen ser una constante en la relación con la capacidad de percepción musical, en concreto con su
relación espacial, facilitando que el oyente “penetre en el espacio que hay entre las notas”. Es de destacar que
los cambios observados en su estudio al usar marihuana son similares a los encontrados en individuos con una
especial dotación para la música. El profesor Fachner concluye su estudio diciendo que esta novedosa área de
investigación debería ser potenciada, pues parece claro que el sistema endocannabinoide interviene en el
funcionamiento fisiológico de la audición y que estas variaciones electroencefalográficas provocadas por los
cannabinoides sobre la capacidad auditiva podrían desempeñar un importante papel en determinadas enfermedades
neurológicas con afectación en esta área, como ciertas afasias.
 
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