El cultivo hidropónico

El cultivo hidropónico

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El fenómeno contemporáneo, en materia de marihuana, es el cultivo con luz artificial y automatización. Las extensiones plantadas a cielo abierto, en América, Asia, África y Polinesia, están dando paso a un agricultura de interiores, apoyada sobre motivos de seguridad (para el agricultor) y calidad (para el consumidor). Sin embargo, eso tiene poco de particular o relativo a la marihuana, porque marca un salto de la agricultura en general, comparable con el que va de la vieja máquina registradora al ordenador.

La palabra “hidropónico” (de hidros, agua, y pones, trabajo) designa un tipo de botánica que merecería llamarse “aeropónico”, ya que su elemento más destacado no es tanto el riego como la creación de un entorno general, y especialmente lumínico, cuya finalidad es proporcionar a cualquier tipo de planta un medio idóneo para desarrollarse y florecer. Combinando hallazgos científicos con progresos de índole más puramente técnica, esta forma de cultivo rinde una potencia superior o comparable a las mejores variantes conocidas usando tierra y aire libre.

El modelo fue perfeccionado por europeos e israelíes, unos para defenderse del brumoso frío y otros para evitar la aridez del desierto. Sin embargo, esos esfuerzos sólo acabaron de fructificar al difundirse nuevas lámparas y nuevos sistemas de anclaje para la raiz, gracias a los cuales es posible cultivar en periodos dos o tres veces más cortos una amplia gama de vegetales, obteniendo ejemplares de extraordinaria calidad, y ahorrando tanto agua como nutrientes en proporciones asombrosas. Lo esencial de esta técnica es optimizar el entorno donde crecerá la planta, evitando lo perturbador y ofreciendo generosamente lo bien aceptado. En otras palabras, se trata de convertir su vida en un edén. La reacción de las plantas a esa existencia no será menos positiva, deparándonos la oportunidad de imaginar qué suerte de humanos poblarían la Tierra si cada uno tuviese cubiertas sus necesidades y predilecciones de modo parejo.

Con todo, la jardinería es un campo -y un arte- que los varones suelen apreciar tarde, si alguna vez llegan a hacerlo. Las mujeres muestran a menudo más sensibilidad, aunque algo menos de interés por la parte eléctrica y digitalizada de la instalación hidropónica. Como esta botánica incluye ambos aspectos -el atento cuidado y el automatismo-, siendo también la manifestación más clara de desobediencia civil en materia de cáñamo, recordaré algunas nociones muy generales sobre la técnica, para que el lector juzgue por sí mismo.

Toda planta crece a partir de seis factores, que son luz, agua, nutrientes, aire, medio donde brotar y temperatura. Antes de que se inventara el cultivo en invernadero, y luego en interiores, estos seis elementos dependían enteramente del clima y la tierra, complementados por el campesino con alguna especie de abono; en el caso más elemental, los restos secos de la cosecha previa se queman, para usar esa ceniza como fertilizante (ya que contiene calcio y potasio). Pero veamos los factores uno por uno, ya que ese repaso permite describir las pautas y el instrumental en juego.

1) La luz es imprescindible para producir clorofila e hidratos de carbono; sin ella, el follaje se vuelve amarillo y la planta muere. No obstante, el mundo verde sólo usa parte del espectro luminoso, y sobre todo las longitudes de onda que vemos como azul y rojo. La agricultura estuvo muy limitada hasta descubrirse lámparas casi comparables a la luz solar en intensidad y con el debido espectro de color, pues sólo entonces pudo comprobarse que las plantas agradecen un fotoperiodo -esto es, una proporción diaria de luz y oscuridad- muy superior al proporcionado por el sol en estaciones distintas del verano; concretamente, sabemos hoy que su tasa máxima de crecimiento acontece cuando recibe 18 horas al día de luz (dos más que el 22 de junio en nuestra latitud), y sabemos también que el florecimiento es óptimo cuando en esa etapa de su vida recibe 12 horas.

Por supuesto, si la fuente lumínica es artificial no hay nubes, nieblas, tormentas o accidentes del terreno que atenúen su recepción durante la jornada; todo el problema de sustituir -o complementar (si se trata de un invernadero)- idóneamente al sol se zanja situando el foco lumínico a la distancia conveniente de cada planta. Si está demasiado lejos, se estirarán como delgados filamentos en vez de crecer homogéneamente, y si está demasiado cerca quemará las partes más próximas, traumatizando a la planta. Dependiendo de los vatios de cada bombilla, la distancia idónea para lámparas potentes estará entre los 30 y los 60 centímetros.

Naturalmente, cuando la fuente de luz es fija y única -como una bombilla en el techo- las plantas desarrollarán mucho más sus partes superiores, y mucho menos el resto; eso sucede ya a cielo abierto, aunque en medida bastante menor. De ahí que una buena instalación suponga también focos horizontales (o uno móvil) de menor intensidad, para alimentar a las partes medias e inferiores. Para el cultivador hidropónico los verdaderos límites están en el calor y, finalmente, en el espacio disponible, porque las plantas se deleitan absorbiendo tantos lúmenes como queramos, pero las bombillas no deben abrasar ninguna de sus partes, y la temperatura del cuarto no debe rebasar ciertos niveles.

Las primeras lámparas útiles en agricultura fueron las de flúor, cuyo espectro es casi idéntico al solar, aunque les falte brillo para elevar sustancialmente el desarrollo de plantas hechas a mucho sol. Para jardinería de interior suelen usarse fluorescentes de rendimiento muy alto o VHO (very high output), que si bien consumen el triple de electricidad rinden el doble de luz, y resultan muy útiles para lograr que arraiguen esquejes, ya que el proceso de clonación está más expuesto al riesgo de abrasamiento por luz excesiva.

Más tarde aparecieron los cinco halógenos, cuyo principio no es el filamento incandescente sino una cámara donde el fluido eléctrico atraviesa cierto gas sujeto a gran presión, produciendo lo que se denomina una descarga de alta intensidad o HID (high intensity discharge). En recintos pintados de blanco por los cuatro costados, o revestidos por algún material reflectante, las lámparas de HID ofrecen una cantidad de lúmenes que no desmerece demasiado a los de un mediodía estival. Dentro de la categoría HID hay varias lámparas de haluro metálico, destacando entre ellas las que fabrican General Electric (Multivapor), Sylvania (Metalarc) y Philips/Westinghouse (Metal Halide). Sin embargo, las bombillas más eficaces -por lúmenes y duración- son las que combinan sodio, mercurio y xenón, llamadas habitualmente HPS (high pressure sodium), cuyo rasgo común es emitir un fulgor a medio camino entre el amarillo y el naranja; los HPS más vendidos hoy son el modelo de General Electric (Lucalox), el de Sylvania (Lumalux), el de Westinghouse (Ceramalux), el de Phillips (Son Agro) y el fabricado por Iwasaki, que tiene fama de ser el mejor por su excepcional rendimiento en luz azul.

Naturalmente, dichas lámparas se adaptan a una amplia gama de vatios, que van desde 35 a 1.000. Las de 400 vatios duran casi el doble que las de 1.000, sobrecargan menos los cables (previniendo cortocircuitos y quemaduras), y bastan para un metro cuadrado de cultivo; dependiendo del tamaño final de cada planta, en esa extensión caben tres, ocho y hasta más ejemplares. Rasgo común a toda lámpara de HID es ir acompañada de una caja que incluye condensador y transformador, lo primero para proporcionar una carga intensa y rápida, y lo segundo para controlar el libre flujo de corriente dentro de la bombilla; es habitual que incluya también un fusible muy seguro. El precio conjunto de lámpara y caja -para 400 vatios- varía en función de fabricantes y países, aunque en Estados Unidos y Holanda ronda los 300 dólares; en España los precios pueden ser considerablemente más altos, y también más bajos, pues los vendedores ignoran aún la picaresca de su mercado; separadas, una bombilla, el transformador y el condensador pueden costar entre 10 y 20.000 pesetas. Cada lámpara suele incluir dos bombillas, una con el espectro lumínico ideal para crecimiento y otra con el adaptado a floración. También es imprescindible una pantalla reflectora, hecha de metal resistente al calor, que suele ir aparejada al equipo y puede adoptar formas diversas.

Estos prodigios de brillo tardan tres o cuatro minutos en alcanzar su plena descarga de energía, y ponerlos en marcha toma dos o tres veces más tiempo cuando están recién apagados. Si bien las bombillas son muy resistentes antes de empezar a usarse, el régimen de elevada temperatura al que trabajan las hace bastante frágiles para lo sucesivo. Una vez encendidas, por ejemplo, algunas gotas de agua que toquen el cristal pueden hacerlas implosionar, y también es posible que -en frío- las averíe irreparablemente una mera sacudida brusca. Como soportan mal los cambios de tensión eléctrica -sobre todo cuando llegan al apagón-, una cautela fundamental es desenchufarlas cuando eso se produzca, y no volver a enchufarlas hasta 10 ó 20 minutos después, cuando ya se hayan enfriado. A pesar de estos inconvenientes, dicen que el empleo cuidadoso asegura una vida media de 24.000 horas para las bombillas de 1.000 vatios, lo cual significa funcionar cinco años a una tasa de 12 horas/día. No obstante, es más realista cambiar de bombillas cada año, porque cuestan unas 5.000 pesetas y van perdiendo lúmenes con el tiempo.

Dado el costo de cada lámpara, es absolutamente recomendable complementar su acción con un temporizador, que puede adquirirse por apenas nada, tanto en Europa como en nuestro país. El temporizador no sólo evita enchufar y desenchufar la caja, sino que permite planificar durante días, semanas o meses el fotoperiodo, encendiendo y apagando a la hora prevista. La automatización redondea las ventajas de ese sol particular, que el agricultor hidropónico pone al servicio de sus necesidades.

Queda, por último, asegurar el circuito eléctrico con una instalación que evite sobrecargas y fugas. Cualquier tacañería en este capítulo es un ahorro del loro, que puede desembocar en fallos, incendios e incluso descargas mortales, porque la hidroponía supone una presencia constante de agua. La caja de una lámpara HID contiene, por ejemplo, un condensador que puede acumular cargas extremadamente altas durante meses, y ahorrárselo -comprando el condensador y el transformador por separado-, es cosa reservada a peritos; naturalmente, la caja no debe rozar el suelo ni otras zonas de posible humedad.

Por otra parte, un equipo de 400, 600 o 1.000 vatios es poca cosa comparada con los electrodomésticos más habituales; una plancha o un horno eléctrico, por ejemplo, consumen 1.200 y 1.400 vatios respectivamente; el lavaplatos consume hasta 2.800 en ciertos momentos. Un hogar actual modesto mueve intensidades cinco o seis veces superiores, y soluciona su funcionamiento con cables de suficiente grosor, raquetas para enchufes múltiples y una pluralidad de circuitos, cada uno dotado de su fusible, listo para saltar cuando se superan ciertos amperios¹.

2) El flujo de agua -llamado corriente de transpiración- es tan esencial para una vida vegetal como la luz. Los capilares de la raiz absorben agua, nutrientes y oxígeno del suelo, transportándolos desde el tronco hasta las hojas. Parte del agua se emplea para la fotosíntesis, mientras otra parte devuelve a la raiz azúcares y almidones producidos por la planta.

La proporción de acidez y alcalinidad del agua se mide con el factor pH (1 es máxima acidez, 14 máxima alcalinidad), que no debe ser inferior a 5,5 ni superior a 7 para plantas que crecen sobre tierra, aunque las de cultivo hidropónico rinden más con un nivel 6-6,5. Toda buena tienda de jardinería vende medidores digitales de pH, que son los más sencillos de usar; en su defecto hay medidores electrónicos o, en el peor de los casos, papel de tornasol con las instrucciones adecuadas para su empleo. El agua del grifo suele contener niveles altos de cloro, que se evaporará dejándola reposar un par de días en algún recipiente abierto.

Más grave es la proporción de azufre y sales alcalinas, porque la sal liquida a cualquier planta a partir de cierta concentración. Hasta hace relativamente poco, el cultivador debía recurrir a procedimientos inseguros para elevar o disminuir el pH -como vinagre blanco, cáscaras de huevo pulverizadas o ceniza-, pero hoy es sencillo comprar líquidos que realizan esas dos funciones con precisión y comodidad. Como bien saben quienes tienen peceras, el exceso de acidez se solventa con pequeñas cantidades de bicarbonato sódico (vieja cura para el ardor de estómago), y el defecto con salitre.

En agricultura tradicional uno de los problemas, especialmente en el caso de plantas pequeñas, es demasiado riego, que pudre la raiz y corta el suministro de oxigeno hacia los tallos. Sus síntomas son hojas rizadas y amarillentas, suelo empantanado, hongos y desarrollo lento. Pero la hidroponía avanzada -hecha sobre medios no terrosos- suprime esa molesta posibilidad; cualquier exceso de agua va siendo drenado, al resbalar sobre materiales como lana de piedra o arcilla expandida, según veremos. El problema contrario -la falta de riego suficiente- es una plaga milenaria para todo tipo de campesinos, que se agrava en función de algunos suelos, incapaces de retener la humedad. Pero la hidroponía es muy económica, hasta el extremo de que un tanque con veinte litros basta para irrigar un metro cuadrado de terreno -durante siete o diez días (dependiendo del tamaño de las plantas)-, pues esa agua es reciclada continuamente.

3) Se conocen hoy 16 nutrientes necesarios para la vida vegetal, que suelen clasificarse en tres categorías. Nitrógeno, fósforo y potasio son llamados nutrientes primarios o macronutrientes, debido a su específico papel. El nitrógeno regula la producción de proteinas y es primario en el crecimiento de hojas y tallos. El fósforo es imprescindible para la fotosíntesis, y asegura el mecanismo de transferencia energética dentro de la planta. El potasio es esencial para la producción de azúcares y almidones, así como para la división celular.

Elementos secundarios son el magnesio (fundamental para absorber energía lumínica, y neutralizar residuos tóxicos producidos por la planta), y el calcio, sin el cual no es posible la producción y crecimiento de células, pues debe estar presente siempre en la punta de cada raiz, hoja o flor. Se llaman micronutrientes -por actuar en cantidades mínimas, básicamente como catalizadores para distintos procesos- siete elementos más: hierro, azufre, manganeso, boro, molibdeno, zinc y cobre. Esto no agota los elementos actuantes en el desarrollo vegetal, pero los restantes (aluminio, cloro, cobalto, iodo, selenio, silicio, sodio y vanadio) no suelen incluirse en las mezclas de nutrientes, al existir normalmente como impurezas del agua, o añadidos a otros nutrientes.

Puesto que la cantidad de nutrientes depende de cada terreno, y no es la misma para fases de germinación, crecimiento y floración, las fábricas de fertilizantes ofrecen una amplísima variedad de compuestos. Convendrá saber si están pensados para hidroponía sobre tierra, o para lana de roca o arcilla expandida, y sólo la experiencia permitirá al cultivador elegir entre marcas. Algunas ofrecen amortiguadores de fluctuaciones en el pH, y botes separados, con las proporciones consideradas ideales para crecimiento y floración, medidas en cucharas de té por galón de agua, que equivale a cuatro litros.

La técnica hidropónica más elemental consiste en un cubo provisto de un tubo, que se eleva o baja según proceda.

Aunque este elemental procedimiento funciona bien cuando es manejado por manos expertas, una técnica también sencilla pero más avanzada usa un tanque de nutrientes, que tiene tres elementos sumergidos. El primero es un calentador de acuario, encargado de mantener el agua en un margen de 18-24 grados. El segundo es un filtro/oxigenador, de acuario también, que cumple las finalidades indicadas por su nombre. El tercero es una pequeña bomba eléctrica, que eleva la mezcla de agua y fertilizantes desde el tanque a las plantas. La mezcla corre por un tubo de plástico transparente, del cual salen tubos más pequeños terminados por una pipeta de goteo, cuyo vástago se clava a muy poca distancia de cada planta, de manera que la pequeña boca de riego quede dirigida hacia el tronco. El otro extremo del tubo principal se ocluye con un tapón, y es imprescindible sellar muy cuidadosamente -mediante alguna cola, silicona, cinta de teflón, etc.- los agujeros hechos allí antes (con un punzón) para introducir los tubos más finos; en otro caso habrá fugas de agua, posible inundación y riesgo, entonces, de que alguien se electrocute.

La segunda parte de este sistema incluye -en su forma más elemental- una plataforma o mesa blanca donde reposan una o varias bandejas de plástico blanco también, con un agujero en alguna parte de su base, desde el cual retorna el agua al tanque; por supuesto, es imprescindible que el tubo o tubos de desagüe se hallen perfectamente sellados, para que ni una gota vaya al suelo. La plataforma debe hallarse a más altura que el tanque, a fin de que el agua retorne por simple peso. Pero las plantas no deben reposar sobre el fondo de las bandejas (que estará empapado casi constantemente), sino sobre bandejas más pequeñas, blancas también, con base de rejilla que asegure un drenaje constante, y alzadas un centímetro o poco más para evitar el encharcamiento de cada pie.

Actualmente, las tiendas especializadas ofrecen jardineras más cómodas, y muy baratas, cuyas acanaladuras evitan el encharcamiento, provistas además de un sistema simplificado de desagüe.

Un régimen común de riego es cinco minutos cada seis horas. Esto puede hacerse a mano, encendiendo y apagando la bomba cada vez, pero resulta tan engorroso como inútil. Todas las tiendas de bricolaje y jardinería venden distintos temporizadores, entre los cuales destacan los de tipo digital, pues permiten fijar ese programa -o cualquier otro- coordinándolo con el fotoperiodo, y asegurándose el cultivador de que cada planta recibirá la misma dosis de agua, a intervalos iguales. Los experimentados mantienen que la rigurosa precisión y coordinación de riego y fotoperiodo aumenta considerablemente los rendimientos. Desde luego, es evidente que estos plazos cortos de goteo permiten reciclar los nutrientes todos los días en periodos de 10-15 minutos, proporcionando a las plantas una máxima absorción de tales elementos.

Por último, debe tomarse en consideración que la mezcla de nutrientes no es tan inestable como el pH, pero ni mucho menos fija. Algunas buenas tiendas de jardinería tienen el medio más sencillo para controlar dicho asunto, que es un medidor digital prácticamente idéntico en aspecto a los medidores digitales de pH, llamado tester o pluma de DS (dissolved liquids).

Al igual que el medidor de pH, el de DS tiene al dorso un tornillo que permite afinarlo, y viene acompañado por una solución pensada al efecto (pues si su electrodo la toca debe marcar 100). Una vez calibrado, basta sumergirlo en el tanque y oprimir el botón situado en la parte superior para obtener cierto número, que se compara con la medida óptima en cada periodo: 60-80 para germinación, 130-190 para las dos fases siguientes. La ventaja de ciertos nutrientes es ofrecer tres mezclas distintas (Micro, Grow y Bloom), especificando las proporciones relativas de cada una por litro, para cada fase de la planta.

A fin de obtener la concentración deseable procede, entonces, añadir tantas cucharas de té como haga falta, o bien diluir la mezcla añadiendo algo más de agua; más precisa y rápida que una cuchara es una jeringa de plástico, graduada por centímetros y cucharas.

4) El aire respirable para animales en general, incluyendo a nuestra especie, es un regalo del mundo botánico. A través de sus estomas -poros microscópicos de las hojas-, las plantas absorben anhídrido carbónico y oxígeno, pero devuelven mucho más de lo segundo (salvo durante la noche), cosa que hace la atmósfera respirable para el animal. Como el animal hace lo contrario, exhalando ante todo anhídrido carbónico, la atmósfera es respirable para las plantas.

Esta estrecha complementariedad sugiere de inmediato un inconveniente grave para cualquier jardinería de interior. Las plantas necesitan aire fresco, que -salvo en zonas altamente castigadas por la polución- resulta mucho más abundante a cielo abierto. Por otra parte, a cielo abierto pueden producirse toda suerte de meteoros destructivos (granizo, heladas, lluvia excesiva o demasiado fría), entre los cuales destaca el viento, capaz de arrancar, secar, aterir y hasta quemar las plantas.

Como el riego gota a gota se produce a pocos centímetros de la raiz, el resto aéreo de la planta pide algo equivalente a una lluvia tibia, cosa que se consigue pasando un paño húmedo sobre hojas y tallos, cuando menos una vez al mes, y mejor cada quince días. El sistema de espolvorearlas con un spray es delicado, ya que las bombillas de HID pueden estallar si son tocadas por cualquier tipo de líquido fresco mientras están encendidas; sin especial precaución, sólo procede hacerlo antes de encenderlas, pero entonces topamos con el obstáculo de interrumpir la fase de oscuridad, cosa que perturba su crecimiento.

Más fundamental aún que lavar la planta es conseguir un recinto ventilado, sin estratificaciones en la atmósfera, lo cual exige -en primer término- mover el aire con algún ventilador de giro. Un temporizador que lo encienda y apague no necesita ser digital, y por eso mismo resultará muy barato, aunque tampoco sea demasiado engorroso encender el ventilador un par de veces al día, y dejarlo funcionando cinco o seis horas cada vez. Lo perfecto es complementarlo con una ventana o un simple respiradero, y sólo cuando esto no sea posible -al tratarse de un sótano, por ejemplo- será preciso abrir el recinto de cuando en cuando; si la habitación no es grande, bastarán cinco minutos para renovar el aire completamente.

Un refinamiento adicional incluye generadores de anhídrido carbónico, que sientan a las plantas tan bien como nos sientan a nosotros bombonas de oxígeno puro, y cuyo funcionamiento puede automatizarse con temporizadores. Sin embargo, son artefactos aún caros, y capaces de calentar excesivamente el cuarto. La solución del ahorrativo será buscar otros sistemas para liberar anhídrido carbónico en la fase final de floración, porque aumenta mucho el crecimiento. Recomendable y barato es el desionizador -un generador de iones negativos- que purificará el aire; este elemento produce una atmósfera de frescura, con el aroma típico del campo después de un aguacero, y mejora la salud del jardín al neutralizar hongos, esporas y polucionantes. En realidad, es algo sano también para cualquier otra parte de la casa.

5) Las plantas han crecido durante milenios sobre tierra y otras bases orgánicas como turba o serrín, hasta que se inventaron medios inorgánicos como perlita o vermiculita (vidrio volcánico y mica, respectivamente, tratados a altas temperaturas), piedra pómez machacada o arcilla expandida, pues si tales medios se complementan con un riego rico en nutrientes las raices tendrán el adecuado drenaje, previniéndose hongos y asfixia. Esas y otras bases pueden adquirirse en cualquier tienda de jar dinería, combinadas ya con el abono que cada fabricante considera mejor. Conviene recordar que estos vehículos de crecimiento deben lavarse con agua antes de ser usados.

Sin embargo, la revolución actual se basa en algo que los antiguos hawaianos llamaban “cabellos de Pele” (una deidad volcánica), porque los fuertes vientos tropicales desgajan finas hebras de magma líquido, entrelazándolas luego como una especie de estopa, y desde hace siglos los criadores de orquídeas y otras plantas muy difíciles de cultivar emplean dicha base. Pero el uso de esta lana de roca (rockwool) en invernaderos y jardinería de intenor sólo se generalizó en Dinamarca hacia 1969, cuando los agricultores decidieron sortear con ingenio una prohibición impuesta por la CE a que el país cultivase forraje sobre tierra vegetal. Hoy buena parte de la jardinería hidropónica europea usa exclusivamente este medio, que se ha extendido también de modo espectacular en Estados Unidos, Canadá y Japón. Holanda, por ejemplo, tiene unas 4.000 hectáreas de invernaderos, que prácticamente en su totalidad emplean rockwool.

Las ventajas empiezan por el precio, comparado con los de turba o mantillo. Puede hacerse rockwool a partir de casi cualquier tipo de roca fundida, aunque el mejor se obtiene a partir de basaltos volcánicos, suprimiendo los aceites minerales hidrófugos que contienen. La marca más conocida es danesa, pero las hay japonesas, inglesas, francesas, holandesas, finlandesas, norteamericanas e incluso variedades australianas y coreanas. Lo fundamental es que se trata de un medio inerte, estéril, poroso y no degradable, que proporciona un magnífico soporte para la raiz y actúa también como depósito temporal de nutrientes, sin formar bolsas secas ni encharcadas. Incluso saturado de líquido, el rockwool mantiene un 20 % de oxigenación, gracias al gran porcentaje de aire que cabe entre sus fibras. Según parece, ni el más perfecto de los suelos naturales, con el mejor de los abonos, puede igualar el rendimiento de este medio botánico².

El pH del rockwool ronda 7,8, lo cual aconseja bajar el pH del tanque a 5,5 para mantener la solución a 6,5 o algo menos. Aunque retenga entre 10 y 14 veces más agua que cualquier tierra, eso no evita una acumulación de sales; de ahí que sea conveniente renovar el tanque de nutrientes cada semana, e incluso anegar primero las plantas con agua sola o una dilución muy tenue (mediante un goteo de doce o quince minutos, o derramando algo como medio litro sobre cada pie), para barrer posibles depósitos de sal en cada raiz. La extraordinaria humedad de este medio hace que sus superficies expuestas a la luz se llenen de algas verdes (si están sanas) o negras (cuando se descomponen), cosa evitable cubriendo esas partes de plástico blanco; las algas no compiten con lo cultivado en cuanto a nutrientes, y sólo podrían perjudicar la cosecha en caso de pudrirse masivamente, debido a bacterias y virus. Para ese caso -poco habitual- hay algicidas químicos, que será oportuno usar muy restrictivamente si el jardín cultiva vegetales destinados a alimentación.

Innecesario parece añadir que el rockwool -como la arcilla expandida y otros suelos no orgánicos- funcionará peor que tierra para tubérculos, rábanos, espárragos o uvas, por ejemplo. Las cosechas más habituales de este medio son tomates, pepinos, pimientos, melones, lechugas, fresas, marihuana, orquídeas, rosas y otras muchas flores.

6) La temperatura, factor crucial del cultivo a cielo abierto, es otro capítulo en la hidroponía de interiores. Las plantas se desarrollan óptimamente entre 22 y 24 grados, pero admiten -sin sufrir- que el ambiente descienda hasta 15 durante la oscuridad, y se eleve hasta 32 e incluso 38 en la fase de máximo calor.

Salvo en zonas gélidas, el cultivo de interiores (sea en un sótano, un ático o cualquier otro cuarto) tendrá pocos problemas, debido a las condiciones aislantes del inmueble y el calor añadido de las lámparas HID. Evidentemente, si hace demasiado frío será preciso añadir a la habitación una estufa. Problemas superiores puede ofrecer un ático en verano -pues generar frío resulta bastante más caro que generar calor-, pero siempre es posible interrumpir el cultivo durante la canícula, o avenirse al acondicionador de aire. Lo único seguro es que el rendimiento se reduce progresivamente, a medida que la temperatura abandona el margen ideal de 22-24 grados; aunque bajar hasta los 10 es más duro para la planta que sufrir una media de 30-32, ambas cosas deberían evitarse.

Cultivadores profesionales, y perfeccionistas, emplean termostatos de frío/calor, que disparan una cosa u otra según convenga, manteniendo regímenes distintos para el día y la noche (lo cual ahorra energía eléctrica. Se sirven también de humidificadores y deshumidificadores automatizados, para conservar un margen de humedad próximo al 50-60 %, que estimulan la transpiración de las plantas y previenen el desarrollo de hongos. Sin embargo, es bastante más barato comprar un simple higrómetro, y aumentar la humedad con un cubo de agua o varios, dependiendo del tamaño del cuarto cultivado. El exceso de humedad es menos frecuente, porque tanto el ventilador como las lámparas HID secan el aire, pero la humedad excesiva debe combatirse para evitar luego -en la fase de floración, cuando las plantas han crecido al máximo, y absorben mucha agua- el empleo de fungicidas.

Para el cultivador bisoño, el problema más concreto consistirá en elegir bien sus semillas, pues moviéndose en espacios cerrados necesita plantas de tamaño tan homogéneo como sea posible; si unas crecen un metro más que otras, será imposible usar de modo ecuánime la luz vertical, y para evitarse cuartos de techo alto muchos profesionales prefieren ejemplares de pequeño tamaño (tipo big bud, swiss y otros), aunque su rendimiento en THC sea algo menor también.

Estas someras indicaciones sobre cultivo hidropónico se completan con una mención a los clones, que tienen especial importancia cuando la planta no es hermafrodita, y el cultivador busca o bien machos o bien hembras. El caso resulta especialmente crítico en materia de cáñamo, pues la proporción de THC presente en las inflorescencias femeninas es incomparablemente más alta. Si el cultivador no busca un banco de semillas, arrancará los machos tan pronto como vayan apareciendo. Pero las semillas de alta calidad -tipo super-skunk, northern lights, silver pearl, purple haze, hawaiian indica, big bud, jack herer y otras- son caras (hasta 6 ó 10 dólares por unidad, que pueden llegar a los 30 para la AK 47, capaz de brotar y recogerse en la mitad de tiempo que otras), y -salvo excepciones³– no puede saberse a prioi cuántas plantas producirán de cada sexo. Lo ideal entonces es poder reproducir el sexo deseado mediante esquejes, liberándose el agricultor tanto de plantas polinizadas como de adquirir semillas para cada nueva siembra.

Por otra parte, la reproducción mediante esquejes -la clonación- resulta bastante más difícil en ciertas plantas (como el cáñamo, por ejemplo) que la germinación. Cualquier poda y posterior siembra hecha a estos fines supone convertir una ramificación dotada de hojas en algo que debe desarrollar una raiz, modificando todo su quimismo, y un cambio semejante tiene más probabilidades de fructificar en fase de crecimiento que en fase de floración. De ahí que los expertos tengan un segundo espacio o recinto adaptado a la obtención de clones, porque el proceso de arraigo es más lento (de una a cuatro semanas), exige una humedad bastante superior (próxima al 80 %), y se verifica mejor empezando con fluorescentes de gran rendimiento (durante 24 horas) que con lámparas HID. De hecho, todo es más delicado en ese caso, desde la ventilación al exceso de riego. Aunque una buena tienda de jardinería dispondrá de gelatinas y nutrientes específicos para facilitar el proceso de clonación, sólo experiencia y buena suerte asegurarán el éxito de la empresa.

A título genérico, supongamos que de una planta se separan algunos esquejes, cuidando de cortar a medio camino entre dos nudos o yemas, con una tijera bien afilada y siguiendo un ángulo de 45 grados.

Cada esqueje tendrá varias hojas, que al menos en parte habrán de podarse nuevamente, pues una o dos yemas deben quedar bajo la superficie, y otras dos por encima. A medida que van obteniéndose, los esquejes deben sumergirse en un vaso de agua tibia, para evitar que se aloje una burbuja de aire en el minúsculo agujero del tallo y bloquee la corriente de transpiración, pues si sucede tal cosa perecerán en 24 horas. Tras medio día de oscuridad, se humedecen o untan (según sea líquido o sólido el producto) unos segundos con alguna hormona de raiz -disponible en tiendas de jardinería- y se plantan sobre un rockwool de grosor y profundidad suficiente, donde con un lápiz o cosa análoga hayamos hecho antes un orificio adecuado a su diámetro y longitud. Lo inmediato es regar con una solución suave de vitamina B1.

Desde ese momento convendrá mantener húmedo todo el esqueje con agua tibia, calculando que aún no hay raices capaces de suministrar agua al tallo. Si la clonación ha funcionado, al cabo de una semana o algo más las puntas de las hojas amarillearán, se desarrollará una raiz y el esqueje empezará a crecer hacia arriba. La planta resultante será un calco de su planta madre.

Un último aspecto -ampliamente debatido hoy entre cultivadores hidropónicos- es si prescindir completamente de suelos orgánicos y luz solar produce plantas mejores en todos sentidos. El sector organicista lo niega, desde luego, alegando que la hidroponía pura crea variantes de extraordinaria psicoactividad, aunque más ásperas para el paladar. Reuniones de alto nivel agronómico, celebradas en Holanda bajo los auspicios del CIA (Cannabis in Amsterdam), el HMM (Hash-Marihuana Museum) y la DPH (Drugs Peace House), han acabado pareciéndose muchísimo a congresos de enólogos y catadores de vinos, donde la biomarihuana triunfa por estrechos márgenes.

Dos cosas parecen indiscutibles: 1) que todas las variantes actuales provienen de una sola planta hibridada, que se cultivó en interiores; 2) que el motivo de cultivar “cibernéticamente” no puede atribuirse a los cultivadores, sino al régimen legal en vigor. La clientela deseaba cáñamo potente, la policía estorbó su producción a cielo abierto, y el resultado está a la vista. Disponer de flores que alcanzan hasta un 14 % de THC -con las cuales puede hacerse un hachís potentísimo, como el dutch- es una consecuencia directa de la prohibición.

A pesar de la prohibición, se observa ya en Estados Unidos y Holanda una convergencia del cannabinófilo con el gourmet. Denominaciones de origen -como Borgoña, Burdeos, Alsacia, Rioja, Albariño o Chianti- equivalen a cepas hidropónicas, que -cultivadas o no sobre tierra- compiten como los propios mostos, atendiendo a precios, sabores y texturas. Si la potencia de las bebidas alcohólicas fuese lo decisivo, todo el mundo estaría bebiendo absenta y otros aguardientes próximos a los 70 grados, por no decir alcohol puro. Lo mismo cabe pensar de la marihuana y el hachís, en caso de que abandonasen el mercado negro.

Sea como fuere, la ingeniería genética y el cultivo hidropónico han abierto horizontes, creando variedades impensables hace apenas una década. Los bancos de semillas están ahí, abiertos a cualquier innovación. El aspirante a la autosuficiencia sólo tiene que conseguir buenas simientes, preparar su equipo y enterrarlas una a una en los cabellos de Pele que hoy se llaman rockwool, lana de roca. Clandestinos sacerdotes de la diosa Démeter cuidaron -y cuidan- de que ese acto fructifique.

Notas

1. La regla de oro para determinar posibles excesos es dividir por 220 (o 110, allí donde se empleee esa corriente) los vatios totales consumidos por cada circuito, sabiendo que a partir del 80% de su capacidad hay sobrecarga. Si el circuito tiene un fusible de 15 amperios, y en la habitación o habitaciones que cubre hay tres bombillas de 100 vatios, una plancha de 1.200 y una radio de 20, los 1.520 vatios divididos por 220 dan 6,9 amperior: no hay sobrecarga; cabe añadir una lámpara HID de 1.000 vatios, por ejemplo, pues la saturación de ese circuito comienza a partir de 12 amperios, y no se emplean más de 11.

2. Por lo demás, este material es tan tóxico para los pulmones como el amianto, siempre que esté seco, y por eso viene envuelto en plástico. Al anegarlo -haciéndolo manejable e inocuo- convendrá que el cultivador use una solución muy leve de los nutrientes a emplear, antes de depositar allí las semillas.

3. En efecto, algunos fabricantes hacen una preselección, y prácticamente todas sus semillas saldrán hembras. Suele ser el caso con northern ligths/haze 5, interpalm y herer.

Antonio Escohotado
LA CUESTIÓN DEL CÁÑAMO
http://www.escohotado.org

La cuestión del cáñamo, Barcelona, Ed. Anagrama, 1ª ed., 1997,  pp.128-148

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7 COMENTARIOS

  1. Yo cultivo en hidropónico con tiestos en un banco elevado y una cuerda que cuelga y va a parar a una piscina donde tengo el agua (pH 7,5).
    La planta absorve el agua que necesite por la cuerda de nylon y finalmente las raices salen por el agujero y me produce más masa radicular, con lo cual tengo más follaje, mayor crecimiento general, etc que lleva a mayor cantidad y tamaño de cogollos.
    La tierra que uso es "30% humus de lombriz 30% turba 20% perlita y 20%arena" (yo hago la mezcla)
    Los abonos que uso son:
    Primero un "NPK 8-4-4" para crecimiento. Un poco elevado de Nitrógeno para estirar la planta.
    Luego un "NPK 5-10-5" para floración. Como ves, le pongo fósforo en floración para aportarle energía.
    A todo esto le sumo una aplicación semanal de 1cc de "Reanimator grow", para estimular el crecimiento e incrementar resina.
    Luego le pongo mucho mimo y mis niñas me dan unos cogollos de concurso!
    Buenos humos…

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