El vicio de la prohibición: Hay remedios peores que la enfermedad

El vicio de la prohibición: Hay remedios peores que la enfermedad

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Puerto Rico.- El pueblerino refrán, “no hay peor ciego que aquel que no quiere ver” parece ser el más indicado para describir la política pública que en torno a las sustancias psicoactivadoras impone Estados Unidos al mundo.

Mientras en otras partes del mundo surgen exitosas iniciativas noveles, la visión punitiva producto del pensamiento cristiano conservador desarrollado en el siglo XIX y concretizado en el XX, insiste en la demonización de las llamadas drogas y perpetúa la obsesión con su criminalización.

De esa manera, esta prohibición parece revelarse como un vicio mental colectivo que controla la visión política que contra las sustancias psicoactivadoras tiene la sociedad estadounidense del siglo XXI. Un vicio que le lleva a la sociedad americana a repetir, como posible solución, los mismos discursos prohibicionistas que crearon y que aumentan el problema.

Por los pasados 50 años, la insistencia en esos discursos prohibicionistas le costó a los Estados Unidos, país que sufre un déficit sin precedente, entre 600 y 750 mil millones de dólares, dependiendo de la fuente que se consulte.

Miles de millones de dólares desperdiciados que no fueron a parar a las escuelas, los hospitales o a las comunidades, pero que alimentan y mantiene el mayor y más sofisticado aparato correccional industrial que jamás vio la humanidad.

Desperdiciados pues ningunas de las metas impuestas por la ley antidroga americana del 1970 se cumplieron. Al contrario, la producción, el trasiego y el consumo siguen en aumento.

A esos costos económicos se le tiene que incluir, el precio pagado en sufrimiento que la absurda política prohibicionista impone como “tributo de sangre” a los sectores marginados de donde sale la mano de obra que mantiene tanto a los capos del ilegalizado negocio, como a la industria que persigue a esos capos.

Lo terrible es que estos resultados de mercado negro, corrupción y violencia eran fáciles de prever, pues son los mismos obtenidos en la segunda década del siglo XX cuando estos propios sectores conservadores religiosos impusieron la prohibición del alcohol.

Esta obsesión, dependencia intelectual o vicio con la prohibición lleva a esos sectores conservadores estadounidenses a rechazar estrategias noveles que a todas luces no sólo son efectivas controlando el uso de sustancias psicoactivadoras, pero que sí aparentan ser mucho más económicas.

Ejemplos como el de Portugal u Holanda, demuestran que otras alternativas son posibles, a pesar de que los tratados internacionales impuestos por Estados Unidos les obligan a mantener prohibiciones en sus leyes.

En estos países, donde se dejaron de hipocresías moralistas, no sólo se redujeron los problemas colaterales productos del ilegalizado negocio, es decir la violencia, las enfermedades y el deterioro comunitario, sino que el uso y abuso de estas sustancias se quedó igual o en algunos casos disminuyó.

Portugal por ejemplo, obligado por la opinión pública y los reclamos del pueblo sensato, se convirtió en el 2001 en la primera nación en descriminalizar el uso personal de sustancias como el cannabis, coca y los productos de opios.

Las violaciones a las reglamentaciones que sobre el uso personal de estas sustancias todavía se mantienen no pasan de ser, cuando aplican, faltas administrativas que en la mayoría de los casos sólo conllevan la visita obligatoria a un profesional de la salud mental.

Cuando Portugal cambió su visión, los conservadores estadounidenses se levantaron en una cruzada de “pánico moral” augurando el apocalíptico futuro de destrucción moral a que se dirigía esa nación europea.

A diez años del cambio de paradigmas, el mundo comienza a mirar a Portugal como ejemplo, pues comprueba que romper con “el vicio” prohibicionista es el sendero al futuro.

De acuerdo al Cato Institute, conservador tanque de pensamiento estadounidense, tras su descriminalización, Portugal experimenta el mayor bajón en el consumo de marihuana en su historia. De igual manera el consumo de drogas en general, ese país reporta una disminución de sobre tres puntos porcentuales entre los mayores de 17 años.

Por otro lado, tras las descriminalización, los datos apuntan a una reducción de 17% entre los casos de VIH reportados, así como a una reducción de sobre un 50% en las muertes relacionadas al consumo de drogas fuertes.

Otro dato apuntado por el Cato Institute es que después del cambio de política pública, se duplicaron los usuarios de opiáceos que se subscribieron a tratamientos de metadona y buprenorfina.

La experiencia en Holanda no es muy diferente a la de Portugal.

En ese país del norte de Europa, el consumo de sustancia se descriminalizó, permitiendo que las “drogas blandas” se vendan en establecimientos con licencias, mientras que el consumo de drogas fuertes se maneja desde el programa de salud universal del Estado.

Al igual que su vecino al sur, tras la descriminalización de las sustancias, Holanda experimentó una reducción tanto en el consumo de las mismas, como en los daños colaterales relacionados con el mercado negro.

En el caso holandés, los beneficios no son solo sociales.

La legalización de espacios donde consumir el cannabis y sus derivados, le genera al Estados ingresos de sobre 3 mil millones de dólares en arbitrios e impuestos.

Lo anterior sin contar los cientos de millones de dólares que no tiene que invertir anualmente en perseguir el ilegalizado comercio.

En una entrevista con la prensa mejicana durante el 2010, el ministro consejero de Asuntos Económicos de la embajada holandesa en México, Wouter Jan Lok explicó a los periodistas que la experiencia de tolerancia al uso del cannabis es “muy positiva” porque redujo tanto la demanda de drogas como la oferta de las mismas.

De igual forma eliminó los riesgos para el consumidor, quien ya no tiene que exponerse a la ilegalidad para consumir la hierba, explicó el diplomático.

Tras las experiencias en estos países, cada día son más las voces que llaman a romper con el vicio de la prohibición.

Una de esas voces en Latinoamérica es la dela Iniciativaparala Comisión Latinoamericanasobre Droga y Democracia.

Esta organización es una iniciativa de los ex-presidentes Fernando Henrique Cardoso de Brasil, César Gaviria de Colombia y Ernesto Zedillo de México y reúne unas 18 personalidades de la región.

Según se explica en la página web de esta Comisión, “su objetivo es evaluar la eficacia y el impacto de las políticas para combatir drogas y elaborar propuestas orientadas a políticas más eficientes, seguras y humanas”.

Como ejemplo de las posturas de esa organización, en su publicación DROGAS y DEMOCRACIA: Hacia un cambio de paradigma Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia,la Comisiónexhorta a los países latinoamericanos a que se alejen de los modelos prohibicionistas impuestos desde Estados Unidos y que desarrollen estrategias partiendo de sus propias experiencias.

En una de sus publicaciones titulada: Innovaciones Legislativas en Políticas de Drogas el politólogo Holandés Martin Jelsma, llama a un cambio radical de las políticas para el manejo del llamado problema de las drogas.

“Las pruebas disponibles sugieren que las legislaciones que moderan la penalización, acompañadas de medidas que ayuden a redirigir los recursos de las actividades de represión y encarcelamiento hacia a la prevención, el tratamiento y la reducción de los daños, son más eficaces para limitar los problemas relacionados con las drogas. Los temores de que relajar las leyes de drogas y su aplicación se traduciría en un drástico aumento del consumo han resultado ser infundados” expone el informe.

Así las cosas, mientras el mundo evoluciona y busca nuevas alternativas de convivencias con estas sustancias, los puertorriqueños seguimos subordinados a la fracasada política pública estadounidense.

Lo más triste es que no sólo estamos atados a estas políticas por virtud de una relación colonial que nos limita en la búsqueda de alternativas. Lo terrible es que nuestros políticos, como forma de ganarse al conservador electorado del país, están “enviciados” con el desenfreno de la prohibición y siguen empujando “el problema” como posible solución.

Definitivamente no hay peor ciego que aquél que no quiere ver…

Gary Gutiérrez/Especial para Claridad

 Fuente Claridad

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1 COMENTARIO

  1. no se porqué se preocupan tanto los gobiernos neocon, pues lo que nunca explican es que las drogas han formado siempre parte de nuestra cultura. Lo que ocurre que como la historia que se imparte ‘oficialmente’,está muy maquillada, y se omite por activa la dura realidad. Las gloriosas legiones de Roma, en sus campañas utilizaban la marihuana. Los otomanos antes de entrar en combate se les repartía unas dosis de heroína, para que así fueran más aguerridos al combate. No ha habido corte que se preciara que en sus fiestas o bacanales informales e incluso de Estado, no se utilizaran drogas depende del orígen geográfico que habitaran. En el norte de África existía una secta de los -creo más o menos- hassasin, que quiere decir bebedores de hachís, y como esto no es un ensayo para la national geografic no me extenderé más, pero el tema si se trata en profundidad tiene mucha cancha, y a esas mentes carpetovetónicas se les podría aclarar muchas cosas.

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