Se dispara el número de enfermos que recurre a la marihuana como...

Se dispara el número de enfermos que recurre a la marihuana como bálsamo

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No se trata de ningún capítulo anecdótico. Lejos del carácter lúdico que se le supone, la demanda del cannabis con usos terapéuticos se abre paso en Gipuzkoa a marchas forzadas. Dentro de este colectivo nadie se plantea fumar un porro como antesala de la juerga. La mayor parte no está para bromas. Son enfermos que buscan en esta sustancia ilegal el bálsamo a unos dolores corporales que acaban por quebrantar el estado de ánimo, siquiera el más optimista. “Lo tuve que dejar porque me dio un mal viaje, pero volveré a recurrir a ella”, admite sin ambages A.A., integrante de la Asociación de Fibromialgia y Fatiga Crónica de Gipuzkoa, Bizi-Bide. Da sus iniciales porque revelar su identidad sería sinónimo de problemas.

Y “ella”, como dice, es la marihuana. Lo que le ocurrió a este guipuzcoano sucede con frecuencia entre quienes imploran por una planta que, de trapicheo, no ofrece ninguna garantía de calidad. Los enfermos se ven obligados a buscarse la vida para conseguir las dosis, pero la respuesta óptima de los cogollos con los que paliar los dolores va por barrios. Osakidetza no reconoce su consumo, y aunque cada vez hay más médicos que recomiendan al paciente echar mano de un porro, o consumir esta sustancia de forma inhalada, lo hacen con la boca pequeña para no despertar recelos. “Te tira para atrás precisamente eso, el halo de sospecha que se crea una vez que decides dar el paso”, lamenta este enfermo. Pese a ello, lo tiene meridianamente claro: todo intento es poco para poner freno a tanto dolor.

Mientras el Código Penal continúa implacable en este asunto, prohibiendo la venta de cannabis así como su posesión y consumo en lugares públicos, comienza a generarse en el territorio una situación que suscita un serio motivo de reflexión: crece como la espuma el boca a boca entre enfermos crónicos que hablan de las bondades del cannabis pero, espoleados por ese vacío legal, todos se ven obligados a ingeniárselas para adquirir la ansiada sustancia, llegando a dar tumbos para dar con ella, como si de traficantes se tratara.

Algunos deciden cultivar la planta, otros tiran de amigos, muchos tienen camello y una minoría está asociada. “Acabas implicando a terceras personas sin saber realmente la calidad del producto que te están dando, por no hablar del precio, que está desorbitado”, critica el miembro de Bizi-Bide.

la primera puerta Las tiendas de marihuana del territorio se están convirtiendo en una primera puerta a la que llamar. La venta de semillas está permitida desde hace años, pero no así la dispensación directa de maría , lo que hace andar con pies de plomo a los expendedores. “Cada vez vienen más enfermos pidiendo información, pero yo les remito a Barcelona, donde quizá les puedan ofrecer algún derivado del THC -tetrahidrocannabinol- rebajado”, indica Iñaki Nogueira, que lleva siete años al frente del establecimiento Ganjahgrowshop, en el barrio donostiarra de Herrera.

El joven toma un catálogo en sus manos para señalar el tipo de planta que mejor se acomoda a las necesidades de este tipo de clientes. “Es la que llamamos índica , la relajante, la que viene de Afganistán y tiene un efecto más narcótico”, detalla el dependiente.

Daniel Fernández también recibe la visita cada vez más frecuente de enfermos que buscan en la maría un modo de vida más llevadero. A juzgar por lo que observa en La Mota, el growshop de la Parte Vieja de Donostia en el que despacha, casi siempre son familiares o conocidos de los propios interesados quienes se acercan, aunque cada vez con más frecuencia también lo hacen los protagonistas de esta historia, quienes arrastran su propia patología. “Tienen entre 30 y 40 años, y siempre preguntan lo mismo, cómo pueden consumir lamaría “, explica. Nadie busca colocarse, sino desprenderse del dolor o las molestas náuseas que les provoca la enfermedad.

Él les explica que existen dos métodos de consumo, a través de vaporizadores o por ingestión. Su compañera, la francesa Coralie Guillaume, asiente. “Llevo un año y medio en este negocio, y es verdad que cada vez recibimos más solicitudes, muchas más de las que pensaba”, comenta.

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