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¡Ay María! Dejar de nombrar la marihuana, no la arranca de raíz...

¡Ay María! Dejar de nombrar la marihuana, no la arranca de raíz de nuestra tierra cubana

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Livio se fue de viaje y le dejó en custodia a sus amigos lo más preciado de su vida. No era un hijo, ni una mascota, ni siquiera un electrodoméstico de esos que la gente tanto idolatra en Cuba. Su “niña de los ojos” era una mata de marihuana, crecida, regada y a punto de estar lista para confeccionar los primeros cigarrillos. Ajenos a los cuidados que lleva una planta así, los asombrados “niñeros” optaron por colocarla tras el cristal de una ventana, lejos de los ojos de los vecinos y de los posibles delatores. Sobrevivió, pero al regresar su dueño del extranjero, juró que nunca más dejaría en manos de neófitos su preciada cosecha. 

No es un caso aislado. La marihuana es una presencia familiar en la vida de cualquier cubano. Aunque los medios no hablen de ella, no necesita publicidad para ser popular. Se huele en las fiestas, se percibe en el aire en algunos conciertos públicos y se detecta en los ojos entornados de no pocos que salen en la mismísima televisión nacional. Es un hecho, está aquí y no sólo a través de las “pacas” que llegan a las costas –ya que según la prensa oficial, lo malo siempre viene de afuera– sino que hay una producción “made in Cuba”, con sabor a tierra colorada y crecida entre los palmares o los campos de marabú.

La escena musical habanera conoce muy bien a su prima “María”. Algunos no se imaginan el acto de componer sin su eterna amiga que “les sopla las letras al oído”. Los padres de estos “enganchados” se alivian pensando que al menos no es coca. “Más suave, más terapéutica, más feliz”, se dicen para tranquilizarse. Sin embargo, detrás de esa aparente aceptación social de la hierba, se esconde un debate que la sociedad cubana ha postergado demasiado tiempo. ¿Legalizar o penalizar? e ahí el dilema. Una interrogante que de tan sólo hacerla públicamente ya te coloca en el bando del enemigo.

Estos señores tan mayores que nos gobiernan… nos han impedido tener las discusiones de la modernidad. Quiero vivir en un sociedad que se cuestione el uso terapéutico o la prohibición a raja tabla de María. Sueño con habitar un país donde mi hijo, de 19 años, pueda participar en la polémica social en torno a liberalizar o penalizar la hierba que Livio cuida casi con cariño.

Dejar de nombrar la marihuana, no la arranca de raíz de nuestra tierra. Mirar hacia otro lado, no impide que cada año miles de cigarrillos hechos con sus hojas terminen en los labios de tus hijos, mis hijos, los hijos de tantos. ¿Por qué no nos dejamos de tanta mojigatería y nos ponemos a discutir sobre qué vamos a hacer con ella? Con sus hojas dentadas, espigadas, llamativas… que ahora mismo están creciendo en innumerables terrazas, jardines y tanques convertidos en canteros a lo largo de esta Isla.

A ver si no nos seguimos “fumando” el cigarrillo de la indiferencia y hablamos… de lo que tenemos que hablar. 

Por Yoani Sánchez

Fuente MartiNoticias

 

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